Tecnología en pro de la sostenibilidad
Conversación sobre tecnología y sociedad en Espacio Movistar de Telefónica. En este encuentro, organizado por Movistar y Ethic dentro del programa Movimiento Azul, se abre una conversación rigurosa y necesaria sobre el papel de la tecnología en la transición hacia modelos más sostenibles, abordando tanto las oportunidades como los retos ambientales asociados a su desarrollo y uso.
Participan:
- Fernando Valladares, doctor en Biología, investigador del CSIC y profesor universitario, referente en divulgación sobre biodiversidad y cambio climático en nuestro país
- María Peñate, responsable de Proyectos y Gestión del Conocimiento en Fundación COTEC, doctora en Economía y Empresa.
Tecnología en pro de la sostenibilidad
En un encuentro organizado por Movistar y Ethic dentro del programa Movimiento Azul en Telefónica, el biólogo e investigador del CSIC Fernando Valladares reflexionó en particular sobre la relación entre tecnología, sociedad y sostenibilidad. Esta parte de su intervención planteó una cuestión central: toda tecnología conlleva una responsabilidad, y cuanto más poderosa es, mayor es también la responsabilidad que implica su uso.
Uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo, señaló, es que vivimos cada vez más alejados de la realidad biofísica que sostiene la vida. Las ciudades ya representan una cierta distancia respecto al aire, el agua o la biodiversidad. Las tecnologías modernas amplifican esa separación y generan una sensación de control que, en muchos casos, es solo aparente.
Por ello, resulta imprescindible desarrollar una capacidad de anticipación frente a los riesgos que estas tecnologías generan en el mundo real. No se trata de algo intuitivo. De hecho, muchas de las consecuencias ambientales de nuestras acciones tecnológicas pasan desapercibidas. Por ejemplo, ver veinte minutos de una serie en streaming puede equivaler, en términos de emisiones, a recorrer unos quince kilómetros en coche. Sin embargo, el usuario está sentado en su sofá, aparentemente sin generar impacto alguno. Esa distancia entre el riesgo real y la percepción del riesgo es uno de los grandes problemas de la sociedad tecnológica.
Para explicar otro de los dilemas fundamentales, Valladares recurrió a una metáfora: la de un corredor que intenta completar un maratón con una falda tan larga que le cubre los pies. Si la tela queda detrás, no hay problema; pero si cae por delante, el corredor se la pisa constantemente. Según el investigador, eso es lo que ocurre cuando la rentabilidad económica se sitúa por delante de los objetivos sociales o ambientales.
Si el objetivo principal es resolver un problema, ofrecer un servicio o mejorar la vida de las personas, y la rentabilidad queda como consecuencia de ello, el progreso es sostenible. Pero cuando el beneficio económico se convierte en el objetivo principal, termina por obstaculizar el propio avance. La metáfora refleja una dinámica muy extendida desde la Revolución Industrial y especialmente desde finales del siglo XX: la economía se sitúa por delante de las personas.
Sin embargo, el verdadero requisito para cualquier sistema económico es algo mucho más básico: que las personas sigan vivas. La vida humana depende de recursos fundamentales como el agua, los alimentos, la salud, los derechos y la convivencia. Cuando estos elementos se subordinan a la lógica de la rentabilidad a corto plazo, se genera una paradoja: se comprometen las condiciones que hacen posible la propia economía. Y la vida.
Un ejemplo claro aparece en el desarrollo de infraestructuras tecnológicas. La instalación de grandes centros de datos puede celebrarse inicialmente como un éxito económico, pero su consumo masivo de recursos -como agua o energía para refrigeración- puede generar problemas graves a medio plazo, especialmente en un contexto de cambio climático y creciente escasez de recursos.
Frente a estos desafíos, existen numerosos ejemplos de buenas prácticas. En el ámbito de los incendios forestales, por ejemplo, España cuenta con una gran experiencia en extinción. Sin embargo, los llamados incendios de sexta generación han demostrado que algunos fuegos ya no pueden apagarse. En estos casos, la clave no es la extinción, sino la prevención. Y la prevención no depende solo de la tecnología: también requiere coordinación social, protocolos claros y cooperación entre administraciones, comunidades y empresas.
La inteligencia artificial puede contribuir en este ámbito facilitando la coordinación y la gestión de la información, pero no sustituye a la organización colectiva ni a la planificación a largo plazo.
Algo similar ocurre con otros riesgos climáticos, como las inundaciones o las olas de calor. En muchas zonas costeras del Mediterráneo se sigue construyendo en áreas inundables, a pesar de que el cambio climático está ampliando el alcance de estas zonas. En otras partes del mundo ya se están planificando desplazamientos masivos de población debido a la subida del nivel del mar o al hundimiento del terreno.
Existen, no obstante, soluciones urbanísticas innovadoras. En algunos municipios del entorno de Nueva York, por ejemplo, se han diseñado infraestructuras urbanas capaces de absorber grandes cantidades de agua mediante pavimentos permeables, tejados adaptados y calles diseñadas para drenar las lluvias intensas.
El desafío del calor extremo es otro ejemplo. El valle del Guadalquivir, una de las regiones densamente pobladas más cálidas del planeta, obliga a replantear estrategias de adaptación. En este contexto, los refugios climáticos -espacios accesibles donde la población puede protegerse del calor extremo- se convierten en infraestructuras esenciales para salvar vidas. La tecnología puede ayudar a identificarlos, cartografiarlos y facilitar su acceso mediante aplicaciones móviles, del mismo modo que hoy existen mapas para localizar desfibriladores en caso de emergencia.
El verdadero reto, sin embargo, no es la existencia de soluciones aisladas, sino la capacidad de integrar respuestas frente a múltiples riesgos simultáneos. Las ciudades actuales enfrentan escenarios de multirriesgo -calor extremo, inundaciones, sequías o incendios- y requieren estrategias integrales, no medidas simbólicas o superficiales.
Finalmente, Valladares recordó que las tecnologías, por sí mismas, no son ni buenas ni malas. Son herramientas. Una muleta o un cuchillo, dos de las tecnologías más antiguas de la humanidad, pueden utilizarse para ayudar a caminar o para hacer daño. Lo mismo ocurre con tecnologías avanzadas como la inteligencia artificial.
La diferencia está en el uso que decidamos darles. Si se utilizan para actividades triviales que consumen enormes cantidades de energía y recursos, se incrementa innecesariamente la presión sobre el planeta. Pero si se orientan hacia la prevención de riesgos, la gestión eficiente de recursos o la adaptación climática, pueden convertirse en herramientas decisivas para afrontar los grandes desafíos del siglo XXI.
El problema, dijo Valladares, es que mientras somos perfectamente conscientes del peligro que representa un cuchillo afilado, todavía no percibimos con la misma claridad los riesgos asociados a tecnologías mucho más complejas.

