¿Cómo va Europa en lo verde? ¿ Por qué estamos virando a marrón oscuro? Un análisis que busca abrir los ojos para reaccionar...
Europa se ha despertado de su sueño científico para darse cuenta de que el Pacto Verde, ese ambicioso plan para ser climáticamente neutros en 2050, está ahora mismo en parada técnica. Justo cuando las cosas se ponen ambiental y climáticamente más feas.
Resulta que lo que antes era un consenso sólido basado en datos de laboratorio se ha convertido en el nuevo juguete de la polarización política, donde la extrema derecha ha decidido que es mucho más rentable hablar de identidades heridas que de emisiones de carbono.
Hemos pasado de un silencio benevolente en los años ochenta a una hostilidad total donde la agenda climática es descrita como una histeria colectiva o, mejor aún, como una revolución comunista disfrazada de verde para fastidiar al hombre común. Los sospechosos habituales, desde Vox en España hasta los Hermanos de Italia, se han puesto la capa de salvadores de la soberanía nacional para denunciar lo que llaman una ecología punitiva orquestada por élites globalistas que viven desconectadas de la realidad del tractor y la fábrica. La táctica es brillante por su cinismo: ya no hace falta negar que el clima cambia si puedes convencer a la gente de que las soluciones de Bruselas son una dictadura ecológica que les va a arrebatar el modo de vida.
Mientras tanto, países como Polonia se aferran a sus combustibles fósiles como si fueran tesoros familiares, haciendo que los objetivos de reducción del 55 por ciento para 2030 parezcan más una carta a los Reyes Magos que una posibilidad real. La derecha radical ha construido un melodrama perfecto donde el pueblo puro es la víctima y los burócratas son los verdugos.
Para contrarrestar este desastre narrativo, la Unión Europea está intentando desesperadamente sacar la chequera con fondos de transición justa para ver si así logra comprar un poco de paz social entre los trabajadores industriales. Al final, parece que la supervivencia del continente no depende de la precisión de los paneles solares, sino de si somos capaces de vender la energía eólica o fotovoltaica como energía de la libertad, y evitar así que a los patriotas no les salgan sarpullidos al ver caer al petróleo.
La batalla ya no es técnica, es una guerra de sentimientos donde la verdad factual ha sido sacrificada en el altar de la lealtad al grupo, dejando al clima como un rehén más de nuestra profunda y sistémica crisis de confianza.

