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"Necesitamos más compromiso y menos postureo ambiental"

Experimentando con el tono y el contenido al hablarle a los jóvenes de oportunidades de recivilización, de cambio climatico, decrecimiento económico, pérdida de biodiversidad, déficit de naturaleza...
7 de mayo de 2024
Lectura: 13 minutos
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Fernando Valladares. Hola. Me voy a presentar para que lo que hablemos a continuación tenga algo más de sentido, que sepáis quién ha generado esas ideas y cómo hemos llegado a esos temas que abordaremos con vuestra ayuda. Soy Fernando Valladares, científico del CSIC, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, y profesor de Ecología en la Universidad Rey Juan Carlos, en Madrid. Yo nací hace más de medio siglo y desde siempre he estado entusiasmado por los bichos y las plantas. ¿Cómo llegué a eso? Puede ser curioso. La verdad es que las primeras imágenes que tengo en realidad no las recuerdo yo. Vienen de una fotografía de cuando yo todavía tenía pañales, pero ya era capaz de caminar y tenía una gallina en la mano, que era más grande que yo. Y esto ya me daba una idea, es decir, yo no le tenía demasiado miedo a ese pajarraco, y de alguna manera ilustraba esa curiosidad que tenía por los bichos y las plantas. Quizá con seis, siete años ya me hice con unos prismáticos, que eran también más pesados y más grandes que yo, y siempre andaba persiguiendo a los bichos, que era lo que más llama la atención a un niño. Pero también les miraba los pétalos a las plantas y decía: «Uy, qué colores, qué vivos son estos pigmentos». Me fascinaban los pájaros porque vuelan. Eso me parecía increíble. ¿Cómo se puede volar? Y me sigue fascinando. De hecho, una de mis aficiones son las cometas. Me sorprende que un pedazo de tela pueda subir a 300 metros. Y me fijaba en los animales, esas adaptaciones… A medida que iba entrando en el instituto, pues los profesores te contaban historias de la evolución y me parecía increíble que se hubiera llegado a diseños tan afinados con el medio ambiente. En esa fase en la que somos todos muy influenciables, yo tuve algún maestro, algún profesor que me inoculó alguna pieza de conocimiento de biología que terminó todavía de meterme más en el asunto.
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Pero tuve las circunstancias que vivimos muchos en nuestra generación de tener en nuestro entorno a dos o tres grandes divulgadores de la naturaleza. Muchos y muchas quizá hayáis oído hablar de Félix Rodríguez de la Fuente, que en España hay un antes y un después en la biología, en la naturaleza, en el medio ambiente. Tiene reconocimientos, calles y menciones en muchos sitios. Y esta persona era magnética. Yo recuerdo con… No sé, lo empezaría a ver… Tendría 12 años. Y te quedabas embelesado mirando la televisión, no solo por lo que mostraban los documentales de naturaleza, sino por él mismo, el magnetismo personal que tenía, esa fascinación que tenía por los animales y las plantas y los ecosistemas y la Tierra. Y tenía una forma de narrar que se hacía un silencio en casa cuando Félix hablaba en la televisión. También estaba Jacques Cousteau, en los océanos, estaba David Attenborough, que en aquel entonces era un poco estirado, pero que ahora es una persona muy mayor y muy entrañable y muy sabedora. O Jane Goodall, que también quizá muchos conozcáis, con sus chimpancés. Imaginarse a una mujer en África, con 25 años, hace medio siglo, rodeada de chimpancés, que son unos animales simpáticos, pero son grandes y hacen cosas, y dices: «Qué valor tenía». Y luego los estudios que fue alcanzando, entendiendo mil cosas de cómo se organizaban, la complejidad social de los chimpancés. De pronto te asomabas a unos organismos que se parecían a nosotros, que eran diferentes en un 0,1 % de la genética, pero que eso cambiaba mucho la pinta y muchas de las cosas que hacen, y era fascinante. Y de la mano de personas uno ha ido llegando a comprender mejor la naturaleza y en muchos casos a comprenderse a uno mismo y a entender por qué le fascinan las cosas. Esto se fue derivando, a medida que cumplía años, en estudios, y tenía muy claro que yo quería ser biólogo.
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En mi familia decían: «Pero es que la Biología no sirve para nada». En aquel entonces, sobre todo. Y yo: «Bueno, no sé si sirve, pero a mí es lo que me gusta». Y realmente haciendo lo que me gustaba lo hacía muy bien, sin demasiado esfuerzo. Tuve esa suerte de entender lo que me gustaba, y hay cosas que a lo mejor a otros compañeros en la facultad, por ejemplo, les costaba mucho aprender y a mí, como me fascinaba, me aprendía las 300 especies de aves que nidificaban en la península porque quería saberlas, distinguir el carbonero garrapinos del carbonero común, cosa que algunos tenían que… «¿Cuál era el que era amarillo y el que era negro? ¿El garrapinos o el común?». Y yo lo anotaba en el cuaderno y, si se me olvidaba, iba en el metro recordándolo. Es esa fascinación que me fue llevando a enfocar y a profundizar en un tema que luego por suerte lo pude hacer como una profesión. Me metí a hacer la tesis, a investigar… En aquel entonces estudiaba unos organismos muy humildes que eran los líquenes, que mucha gente decía: «¿Y eso para qué sirve?». Si yo ya como biólogo no servía para nada, estudiando líquenes decían: «Pero ¿tú estás seguro de que estás haciendo algo importante o útil?». Y yo: «No lo sé». Pero, burla burlando, la ciencia te puede abrir oportunidades. A mí me abrió la oportunidad de ir a la Antártida y fui cuatro veces con esta tontería de los líquenes, porque en la Antártida, como en algunas otras zonas frías o en alta montaña, los líquenes son importantes. Es lo que domina el paisaje, es prácticamente lo único vivo que se ve a simple vista si no te metes en el mar o si no miras con una lupa. Así que ahí tenía sentido saber algo de líquenes, y a lo tonto me fui a la Antártida, que fue toda una experiencia. Imaginaos, con 24, 25, 27 años, estar entre hielos y ver ballenas. Yo no me lo podía creer, me tenía que pellizcar para decir «estoy aquí».

Eso sí, en el barco me mareaba. Y no todo es, digamos, de luz y de color y todo fantástico. Hay momentos duros en lo físico, en lo psíquico. Luego tienes que defender una tesis, tienes que publicar muchas cosas. A veces se hace cuesta arriba. Siempre se cuenta la parte más bonita, pero indudablemente esa es la parte que te ha ido empujando a pasar los momentos más difíciles en tu formación. Y luego me adentré en la investigación, después de la tesis, viendo un poco el panorama, y otra vez más la ciencia me abrió a otro ecosistema, a otra gente y a otras cosas. Me fui a California a estudiar cosas relacionadas con el bosque mediterráneo, pero de allí, y entré en contacto con un proyecto en el trópico. Y yo, claro, diciendo: «Ostras, el trópico, que maravilla. Si pudiera ir al trópico…». Aunque yo venía a estudiar cosas mediterráneas, el trópico me llamaba porque es un sitio, como biólogo, de biodiversidad, de cosas muy variadas. Y digo: «¿Cómo puedo ir yo al trópico?». «Pues tenemos ahora una ocasión, hay un presupuesto, te podemos contratar, vamos para allí». Reorienté un poco mi investigación y durante tres o cuatro años estuve en el canal de Panamá, en una estación biológica de la institución Smithsonian, estudiando todo tipo de cosas y sobre todo aprendiendo de los que estábamos allí. Vino un equipo de National Geographic y yo allí mirando. Vino un escritor, Ken Follett, igual os sonará, un escritor de «best sellers», a inspirarse para su novela. Y por allí iba pasando gente fantástica y aprendiendo cosas y yo diciendo: «Guau, cuando lo cuente esto en casa». Y lo pasaba fenomenal. También curraba un montón, pero es ese trabajo que haces con mucha motivación. Y, luego, después de esas etapas de formación, de viajes de aquí, de allá, me tocó batir el cobre, conseguir un puesto en unas oposiciones, y conseguí una plaza de investigador en el CSIC, donde estoy ahora actualmente. Y eso me abrió a otro mundo. Ya estabilizaba mi posición económica, pude tener familia, pude decir: «A ver, ¿cómo nos organizamos?».

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Seguí con esa pasión por la naturaleza, seguí haciendo cosas que me gustaban y fue entrando en mi vida un poco de burocracia, un poco de papeleo, un poco de… Ya no podía pasar tantas horas en el campo, que era lo que me gustaba. Pero sin embargo podía empezar a dirigir un grupo y a tener a gente que abriera líneas y compensara el tiempo que yo no puedo dedicar y que incluso abriera la genética, técnicas para las que a lo mejor a mí ya no me daba la vida. Y eso fue enriqueciéndome, haciendo un grupo, creando, educando, formando, dirigiendo tesis y abriendo a través de otros preguntas. Preguntas que en ciencia… ¿Por qué la ciencia se representa como un árbol, y el propio CSIC, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, tiene como símbolo un árbol? Porque las preguntas se van ramificando. Una pregunta te lleva a otra, luego a otra, luego a otra, luego a otra. Si las representas, las preguntas son como un árbol. Así que, cuando tienes la posibilidad de ir consolidando un grupo, colaborando, pues se te va ramificando. Tú empiezas preguntando una cosa y acabas abordando esto, lo otro… De forma oportunista, aprovechas la colaboración con alguien o una financiación para otra cosa. Y esa puede ser la tercera fase, en la que ya empiezas a tener experiencia, en la que ya has publicado muchos artículos y has hecho muchas investigaciones, y entonces empiezas a consolidar colaboraciones. Y fue mi etapa de colaboración en Europa, ya sin viajar tan exóticamente. En proyectos europeos nos preguntábamos cosas de… ¿Cómo funcionan los bosques europeos? ¿Son iguales en el sur que en el norte? Un bosque de encinas, un bosque de hayas, ¿qué tienen en común? ¿Qué no tienen en común? ¿Cuál es el papel de la diversidad biológica en esos bosques? ¿Cómo están de amenazados por las actividades humanas? ¿El cambio climático afecta a los bosques europeos?
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Este tipo de preguntas las íbamos abordando en este ámbito de colaboración muy enriquecedor, un ámbito en el que había un experto en mariposas, otro experto en lombrices, otro experto en fotosíntesis. Y vamos entendiendo una cosa compleja como es un ecosistema lleno de especies y de procesos y de cosas, combinando técnicas y experiencias de gentes y de equipos muy distintos. Nos juntábamos periódicamente. Enlazamos varios proyectos. Habremos estado 10 o 15 años enlazando un proyecto con otro, abordando los bosques europeos. Y, sin ser muchas veces tan exóticos como la Antártida o tan exóticos como el bosque tropical, con monos aulladores y con 50 especies de murciélagos que comían frutos o que comían peces y que hacían cosas muy exóticas, los bosques europeos… Poner el «zoom» y las preguntas a cosas que a veces están muy cerca y no las has atendido se convertía en algo igual o más fascinante. Así que en los últimos años, después de estar 30 o 35 años dedicándome a todas esas cosas, fui constatando, como os podéis imaginar, que las cosas no están del todo bien, que el cambio climático estropea muchas cosas, que la biodiversidad está amenazada, que hay contaminación, que hay especies exóticas… Y toda esa emoción que yo tenía de pequeño se iba enturbiando un poco por comprobar, por medir, por tomar datos de cómo algunos ecosistemas, cómo algunas situaciones no estaban bien. Así que en esa última fase en la que más o menos estoy ahora, en la que combino investigación, he ido metiendo cada vez más algo que también es muy interesante y muy reconfortante, que es comunicar, explicar, entrar en contacto con la sociedad para decirle lo maravillosa que es la naturaleza, pero también los riesgos que estamos corriendo nosotros por ponernos de espaldas a la naturaleza, por no prestarle atención o conservarla.
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Cómo eso repercute en nuestra salud, cómo eso repercute en el bienestar, en la prosperidad, cómo nos puede abrir o no o cerrar determinados futuros. Precisamente algo que empezó siendo algo como que un niño se quedaba fascinado con la variedad de caracoles que había en un jardín. Y después empiezas a entender cómo funciona el planeta y lo vulnerable que es el ser humano a que no funcione esa capa finita de la vida que es la biosfera. En realidad, del planeta, la capa de la vida, la biosfera, es nada, es una capa muy tenue, y en esa capa se dan las condiciones para que estén muchas especies, nosotros mismos, y no somos conscientes de lo vulnerables que somos a cambios en esa capa de la vida. Si hay más oxígeno, menos oxígeno, si la temperatura, el agua, los alimentos no están en los ritmos, en las proporciones adecuadas, nosotros mismos somos los primeros en sufrirlo. Eso te lleva a revisitar cómo era la relación de pueblos que no tenían un Consejo Superior de Investigaciones Científicas, que no tenían una formación en biología o en ecología y que tenían otra relación con la naturaleza. Y esto es la fase en la que me encuentro, intentando contar a la gente lo que hacemos y lo que no deberíamos, o sí deberíamos hacer con los animales y las plantas para llevarnos bien y para que funcionen los ecosistemas y para que seamos sanos y felices. Empiezas a mirar a otras culturas, empiezas a mirar a otras formas de relacionarte con la naturaleza como ejemplos de «esto podría ser diferente». ¿Por qué no lo hacemos diferente? ¿Por qué no rebobinamos? ¿Qué podemos hacer para rebobinar? Y esto es en lo que estoy ahora, intentando entender cómo contarle a la gente, cómo explicar no solo la maravilla de la naturaleza y también las amenazas que sufren los ecosistemas, sino las ventajas o lo estupendo que sería que hiciéramos las cosas algo diferentes, que nos relacionáramos con la naturaleza de otra manera.
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Y no necesitas tener, digamos, una revelación cósmica o abrazar un árbol o enamorarte de una orquídea, que también puede ser. Pero sí entender todo lo que podemos ganar, de estabilidad, de salud, de tranquilidad, en una relación diferente con la naturaleza. Y eso, por supuesto, tendría mayor posibilidad de que el planeta continuara, de que realmente estableciéramos una civilización, una sociedad sostenible en el tiempo. Y a los jóvenes siempre me gusta decirles… Primero, pedirles disculpas por habernos cargado prácticamente la mitad de la Tierra. Lo siento, no la he roto toda yo, pero soy de las generaciones… Hay cuatro o cinco grandes generaciones que en el siglo XX han contribuido al deterioro profundo de la mitad de la Tierra, aproximadamente. Pido disculpas por dejaros el planeta en este estado. Pero, por otro lado, me ofrezco no solo a explicar cómo hemos llegado hasta aquí, sino que me ofrezco a ver cómo podemos trabajar en la otra mitad para que esté bien y para que nos haga sanos y felices. Así que a los jóvenes les quiero siempre transmitir, por un lado, la vergüenza por haber hecho tan mal las cosas… También reconocer el trato muy injusto con el que a veces nos referimos a los jóvenes, como si todos los jóvenes fueran iguales y fuera una caja de jóvenes, que todos piensan igual. ¿Todos son iguales? Pues no. Igual que hablamos de diversidad biológica y la apreciamos cada vez más, sabemos lo importante que es la diversidad biológica. Viva la diversidad en todos los aspectos y viva la diversidad de jóvenes, que unos hacen y tienen talentos para esto, para lo otro. Toda esa complementariedad de jóvenes no la podemos reducir a un cajón de «es que los jóvenes…».
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«Es que los jóvenes pasan», «es que a los jóvenes no les interesa», «es que fíjate en los jóvenes» o «aquí, jóvenes, tenéis el planeta». A ver, esto no creo que sea muy funcional hacerlo así y tampoco es muy respetuoso. Y yo intento rebobinar un poco nuestra actitud un poco prepotente de los que hemos venido con aires de superioridad a decir: «Nosotros somos los que sabemos». Los presidentes de los gobiernos, los directores grandísimos, los grandes científicos, la gente muy ilustrada, todos de 40, 50, 60, 70 años. Sí, pero hacemos las cosas con mucho margen de mejora, y ese margen de mejora tenemos primero que entenderlo y después ayudar a que ocurra, facilitar que ocurra en las nuevas generaciones, hacer realmente un pacto intergeneracional honesto, no simplemente decir «ay, el mundo que les dejamos a nuestros hijos» y no decir «oye, a tiempo presente, no hables del futuro. Hoy, ponte a hacer ya cosas para que el mundo en el que estamos sea mejor y nos sintamos todos sanos, felices y orgullosos de estar haciendo algo y habiendo identificado que tenemos un pequeño problema llamado cambio climático o que tenemos algunos problemas de contaminación, etcétera». Así que yo lo iría dejando un poco por aquí para que, con estas palabras, me hayáis conocido un poco, porque creo, como científico, que tan importante como la información es de dónde viene. En esta era en donde la información está a golpe de clic, es muy importante saber de dónde viene esa información, tener una visión un poco crítica. Pues ahora me podéis criticar. De alguna manera podéis decir: «Ah, claro, es que Fernando estaba muy influido por aquella gallina que cogió con seis años. Las cosas no son así». ¿De dónde viene la información de Fernando Valladares? Ahora la tenéis un poco más perfilada con esta introducción que he hecho, que espero que no os haya aburrido mucho. Y ahora es vuestro momento. Ahora es el momento en el que veamos qué os preocupa, qué os interesa y, al hilo de eso, vayamos tejiendo otras conversaciones.
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Leire. Hola, Fernando. Soy Leire. Hace poco la ONU afirmó que estábamos en guerra contra la naturaleza y deberíamos hacer las paces con ella. ¿Crees que esto es así?

 

Aquí puedes seguir leyendo la transcripción y ver la versión completa "Somos naturaleza pero estamos en guerra con la naturaleza"

 

Fernando Valladares
valladares.info
Doctor en biología, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y profesor asociado en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Director del proyecto "La Salud de la Humanidad"

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