Pero tuve las circunstancias que vivimos muchos en nuestra generación de tener en nuestro entorno a dos o tres grandes divulgadores de la naturaleza. Muchos y muchas quizá hayáis oído hablar de Félix Rodríguez de la Fuente, que en España hay un antes y un después en la biología, en la naturaleza, en el medio ambiente. Tiene reconocimientos, calles y menciones en muchos sitios. Y esta persona era magnética. Yo recuerdo con… No sé, lo empezaría a ver… Tendría 12 años. Y te quedabas embelesado mirando la televisión, no solo por lo que mostraban los documentales de naturaleza, sino por él mismo, el magnetismo personal que tenía, esa fascinación que tenía por los animales y las plantas y los ecosistemas y la Tierra. Y tenía una forma de narrar que se hacía un silencio en casa cuando Félix hablaba en la televisión. También estaba Jacques Cousteau, en los océanos, estaba David Attenborough, que en aquel entonces era un poco estirado, pero que ahora es una persona muy mayor y muy entrañable y muy sabedora. O Jane Goodall, que también quizá muchos conozcáis, con sus chimpancés. Imaginarse a una mujer en África, con 25 años, hace medio siglo, rodeada de chimpancés, que son unos animales simpáticos, pero son grandes y hacen cosas, y dices: «Qué valor tenía». Y luego los estudios que fue alcanzando, entendiendo mil cosas de cómo se organizaban, la complejidad social de los chimpancés. De pronto te asomabas a unos organismos que se parecían a nosotros, que eran diferentes en un 0,1 % de la genética, pero que eso cambiaba mucho la pinta y muchas de las cosas que hacen, y era fascinante. Y de la mano de personas uno ha ido llegando a comprender mejor la naturaleza y en muchos casos a comprenderse a uno mismo y a entender por qué le fascinan las cosas. Esto se fue derivando, a medida que cumplía años, en estudios, y tenía muy claro que yo quería ser biólogo.
En mi familia decían: «Pero es que la Biología no sirve para nada». En aquel entonces, sobre todo. Y yo: «Bueno, no sé si sirve, pero a mí es lo que me gusta». Y realmente haciendo lo que me gustaba lo hacía muy bien, sin demasiado esfuerzo. Tuve esa suerte de entender lo que me gustaba, y hay cosas que a lo mejor a otros compañeros en la facultad, por ejemplo, les costaba mucho aprender y a mí, como me fascinaba, me aprendía las 300 especies de aves que nidificaban en la península porque quería saberlas, distinguir el carbonero garrapinos del carbonero común, cosa que algunos tenían que… «¿Cuál era el que era amarillo y el que era negro? ¿El garrapinos o el común?». Y yo lo anotaba en el cuaderno y, si se me olvidaba, iba en el metro recordándolo. Es esa fascinación que me fue llevando a enfocar y a profundizar en un tema que luego por suerte lo pude hacer como una profesión. Me metí a hacer la tesis, a investigar… En aquel entonces estudiaba unos organismos muy humildes que eran los líquenes, que mucha gente decía: «¿Y eso para qué sirve?». Si yo ya como biólogo no servía para nada, estudiando líquenes decían: «Pero ¿tú estás seguro de que estás haciendo algo importante o útil?». Y yo: «No lo sé». Pero, burla burlando, la ciencia te puede abrir oportunidades. A mí me abrió la oportunidad de ir a la Antártida y fui cuatro veces con esta tontería de los líquenes, porque en la Antártida, como en algunas otras zonas frías o en alta montaña, los líquenes son importantes. Es lo que domina el paisaje, es prácticamente lo único vivo que se ve a simple vista si no te metes en el mar o si no miras con una lupa. Así que ahí tenía sentido saber algo de líquenes, y a lo tonto me fui a la Antártida, que fue toda una experiencia. Imaginaos, con 24, 25, 27 años, estar entre hielos y ver ballenas. Yo no me lo podía creer, me tenía que pellizcar para decir «estoy aquí».
Eso sí, en el barco me mareaba. Y no todo es, digamos, de luz y de color y todo fantástico. Hay momentos duros en lo físico, en lo psíquico. Luego tienes que defender una tesis, tienes que publicar muchas cosas. A veces se hace cuesta arriba. Siempre se cuenta la parte más bonita, pero indudablemente esa es la parte que te ha ido empujando a pasar los momentos más difíciles en tu formación. Y luego me adentré en la investigación, después de la tesis, viendo un poco el panorama, y otra vez más la ciencia me abrió a otro ecosistema, a otra gente y a otras cosas. Me fui a California a estudiar cosas relacionadas con el bosque mediterráneo, pero de allí, y entré en contacto con un proyecto en el trópico. Y yo, claro, diciendo: «Ostras, el trópico, que maravilla. Si pudiera ir al trópico…». Aunque yo venía a estudiar cosas mediterráneas, el trópico me llamaba porque es un sitio, como biólogo, de biodiversidad, de cosas muy variadas. Y digo: «¿Cómo puedo ir yo al trópico?». «Pues tenemos ahora una ocasión, hay un presupuesto, te podemos contratar, vamos para allí». Reorienté un poco mi investigación y durante tres o cuatro años estuve en el canal de Panamá, en una estación biológica de la institución Smithsonian, estudiando todo tipo de cosas y sobre todo aprendiendo de los que estábamos allí. Vino un equipo de National Geographic y yo allí mirando. Vino un escritor, Ken Follett, igual os sonará, un escritor de «best sellers», a inspirarse para su novela. Y por allí iba pasando gente fantástica y aprendiendo cosas y yo diciendo: «Guau, cuando lo cuente esto en casa». Y lo pasaba fenomenal. También curraba un montón, pero es ese trabajo que haces con mucha motivación. Y, luego, después de esas etapas de formación, de viajes de aquí, de allá, me tocó batir el cobre, conseguir un puesto en unas oposiciones, y conseguí una plaza de investigador en el CSIC, donde estoy ahora actualmente. Y eso me abrió a otro mundo. Ya estabilizaba mi posición económica, pude tener familia, pude decir: «A ver, ¿cómo nos organizamos?».
Aquí puedes seguir leyendo la transcripción y ver la versión completa "Somos naturaleza pero estamos en guerra con la naturaleza"

