Reflexiones sociales y ambientales con EL FARADIO al pasar de un año 2025 que acaba y entrar en uno que empieza. Con énfasis en las paradojas, problemas y desafíos del medio rural. Y con tiempo también para hablar de la obra de teatro Zumo de remolacha y su futura programación adaptada a nuevos formatos de salas reducidas y festivales ecologistas o culturales. Villena, Gijón y Lugo pueden ser lugares para nuevas representaciones de Zumo de remolacha. La producción y distribución de esta nueva versión de Zumo de Remolacha sigue corriendo a cargo de la productora cultural Cor de Terra.
El medio rural como “zona de sacrificio”: biodiversidad, abandono y falta de vigilancia
En esta entrevista, en su reflexión sobre el estado actual de la biodiversidad, el científico Fernando Valladares sitúa el foco en un actor clave y a menudo olvidado: el medio rural. Un territorio sobre el que la sociedad urbana proyecta una imagen idealizada, pero cuya realidad dista mucho de ese imaginario bucólico de pueblos vivos y paisajes intactos. Un entorno amenazado sin ninguna duda.
Según Valladares, buena parte del medio rural español —especialmente en la España continental— se ha convertido en un espacio de explotación más que de conservación. El despoblamiento progresivo, fruto de décadas de concentración de población en las ciudades, ha dejado amplias zonas del territorio con muy poca capacidad de defensa social y política. Allí, explica, se instalan infraestructuras y actividades que nadie quiere cerca: vertederos, residuos peligrosos, macrogranjas, plantas de biogás o grandes parques energéticos mal planificados. Todo ello con un impacto directo y acumulativo sobre la biodiversidad y la vida de las personas que todavía allí residen.
La transformación del medio rural no responde, en muchos casos, a una planificación estratégica, sino a una suma de decisiones fragmentadas guiadas por criterios económicos de corto plazo. El abandono del campo ha llegado casi a su límite —“los que se tenían que ir, ya se han ido”—, mientras que la llegada de población neorural, aunque aporta conciencia ambiental y capacidad técnica en algunos casos, resulta insuficiente para revertir la tendencia general.
La biodiversidad es una de las primeras víctimas de esta dinámica. Valladares subraya que persiste la idea de que el medio rural “lo aguanta todo”, lo que legitima prácticas intensivas con mínimas medidas de seguridad ambiental y sanitaria. El resultado es un deterioro silencioso de los ecosistemas, cuyas consecuencias solo se hacen visibles cuando el daño ya es difícil de revertir y comienzan las denuncias sociales o judiciales.
Aun así, el científico destaca que no todo es un escenario de pérdida. Existen todavía reductos bien conservados, bosques y territorios con un funcionamiento ecológico sólido, donde biodiversidad y equilibrio ambiental siguen de la mano. Sin embargo, estos espacios conviven con extensas áreas sometidas a una presión constante y poco reflexiva sobre el territorio.
Uno de los conceptos clave que introduce Valladares es el de la “falta de vigilancia”. Cuando un territorio se vacía de población, no hay ojos que observen ni voces que alerten. No se trata solo de control institucional, sino de la presencia cotidiana de personas que detectan cambios lentos y sutiles en los ecosistemas antes de que se conviertan en problemas irreversibles. La ausencia de esta vigilancia social facilita que se impongan proyectos por hechos consumados.
El ejemplo de los incendios forestales este verano de 2025 ilustra bien este fenómeno. En los montes públicos existen, al menos sobre el papel, criterios de gestión para reducir riesgos, pero en los montes o fincas privados insertados a veces en bosques o montes públicos, rompiendo la continuidad de vigilancia y cuidado —muy abundantes y a menudo abandonados por propietarios que ya no mantienen ningún vínculo con la tierra— la falta de gestión rompe cualquier estrategia global de prevención. Para Valladares, la mera presencia humana, aunque sea mínima, ya supone un avance significativo.
Esta dinámica convierte a muchos territorios rurales en auténticas “zonas de sacrificio”: lugares donde se prioriza el beneficio económico inmediato frente a cualquier consideración ecológica o social, sin espacio para el diálogo ni la adaptación de los proyectos a las características del entorno. Las pocas comunidades que permanecen se ven obligadas a organizarse en plataformas, recurrir a asesoramiento académico y, en último término, a la vía judicial, un camino costoso que revela, en palabras del científico, una sociedad disfuncional.
La amenaza a la biodiversidad es también una amenaza a los servicios ecosistémicos de los que depende el conjunto de la población: aire limpio, agua potable, regulación climática. Por eso Valladares propone resignificar el concepto de “España despoblada” y hablar de la “España indispensable”. Un territorio del que depende el bienestar colectivo, aunque gran parte de la sociedad urbana viva de espaldas a él.
Sin una conexión real, cotidiana y material con la naturaleza -más allá de lo simbólico o emocional-, concluye, resulta muy difícil defenderla y situarla en el centro de las decisiones políticas y económicas.

