Artículo publicado en El Asombrario. Público.
POR CAROLINA BELENGUER HURTADO y FERNANDO VALLADARES
En cada barrio y pueblo, la convivencia de familias diversas, comercios, asociaciones y servicios públicos constituye la base de una red social compleja. Estas personas y entidades entrelazan sus historias de manera misteriosa y a menudo imprevisible, influyendo en la evolución del propio barrio y de quienes lo habitan. Lo que puede parecer una decisión pequeña –como iniciar una conversación en la cola del supermercado, acudir al polideportivo, elegir comprar en tiendas locales o solicitar una mejora al ayuntamiento– puede tener repercusiones que transcienden la esfera individual y desencadenar transformaciones colectivas que afectan a toda la comunidad. Es lo que se conoce como puntos de inflexión social, toda una línea de investigación en los cambios sociales que no son lineales.
Es curioso cómo, a partir de acciones espontáneas y aparentemente insignificantes, surgen procesos de colaboración que superan la voluntad inicial de quienes los emprenden. Estas interacciones sencillas dan lugar a relaciones que van mucho más allá de los intercambios cotidianos y refuerzan la capacidad de la ciudadanía para adaptarse y responder a los cambios del entorno. Las redes de apoyo que se crean en este contexto ejemplifican el funcionamiento de los sistemas dinámicos y complejos en los que el orden y el carácter de la comunidad emergen de la interacción constante y la colaboración entre sus miembros. Algo, el tejido social, la red de interacciones entre personas, que se mostró brutalmente imprescindible tras la DANA de 2024 en Valencia.
Los sistemas dinámicos son entramados complejos en los que sus múltiples elementos interactúan de formas no siempre predecibles. Esta complejidad emerge porque las partes se influyen continuamente y generan cambios y adaptaciones constantes. Todo el tiempo, los sistemas se anidan unos en otros dando lugar a patrones de comportamiento nuevos. Las personas, que pueden definirse como sistemas en sí mismas, están moldeadas por emociones, motivaciones y pensamientos. A su vez, cada sistema-persona se anida en sistemas-sociales, compuestos por muchas otras personas, y ambos interactúan con sistemas políticos-y-ecológicos tanto locales como de órdenes superiores.
¿Qué hoja de las que caen del árbol separa el verano del otoño?
Las estaciones del año tienen unos periodos de estabilidad, pero existe un instante indefinible en el que el verano ya no regresa y el otoño se instala definitivamente. Así, el sistema-estaciones mantiene un equilibrio con otras condiciones climáticas porque sus componentes no pierden la capacidad de autorregularse a largo plazo, aunque en el corto se aprecien las transformaciones repetidas.
Las pequeñas variaciones en los componentes de los sistemas pueden producir grandes alteraciones en los sistemas dentro de los cuales están anidados. Sucesos que, en apariencia, serían insignificantes, pueden acumularse y originar transformaciones profundas y en ocasiones irreversibles. Por ejemplo, la acumulación de CO2 en el sistema-atmósfera no solo implica el aumento de las temperaturas, sino que las interacciones con otros sistemas-climáticos conlleva la posibilidad de llegar a situaciones críticas: sequía, deshielo o incendios forestales. Si la estabilidad de los componentes de los sistemas quiebra, entonces pueden aparecer alteraciones irreversibles, que cambian radicalmente el funcionamiento de los sistemas y de los cuales no hay vuelta atrás. En la ciencia del clima, a estas incidencias, que pueden ser repentinas o graduales, que desvían los sistemas de sus intervalos de seguridad, se les llama puntos de inflexión. Cuando se alcanza un punto de inflexión, el sistema deja de funcionar como se conoce, afecta a otros sistemas que también experimentan transformaciones y las consecuencias son desconocidas y, en general, irreversibles.
El sistema-salud mental, entre otros, se ve afectado directamente por los cambios en el sistema-climático. El aumento de los eventos climáticos extremos, la amenaza de sequías persistentes o la desaparición de los glaciares ocasiona cambios significativos en los ecosistemas. Estos cambios no solo ponen en riesgo la supervivencia de muchas comunidades y especies del planeta, sino que también repercuten en los ecosistemas sociales, menoscabando el bienestar psicológico. En este contexto, surge la ecoansiedad, una reacción emocional de preocupación, ansiedad y miedo ante la degradación ambiental y la incertidumbre respecto al futuro. La ecoansiedad crece conforme las consecuencias se hacen más y más evidentes. Aunque la ecoansiedad es una respuesta totalmente racional ante las implicaciones de que se sobrepasen los límites físicos, no deja de ser inquietante que millones de personas vivan en estado de alarma permanente por el deterioro de las condiciones de vida que los cambios en el sistema-clima generan en el sistema bienestar psicológico.
A esta ecoansiedad se suman otros impactos como el duelo ecológico, por la pérdida de paisajes, especies y prácticas culturales asociadas al entorno; la fatiga ambiental, ante la incesante exposición a noticias y evidencias del deterioro ecológico; y el estrés tras la vivencia de fenómenos extremos como incendios, inundaciones o huracanes. Estos cuadros, cada vez más frecuentes, evidencian que la crisis climática no es solo un problema físico o económico, sino un germen de sufrimiento psicológico y social. Un sufrimiento que requiere de un tejido social que se ve desafiado por la propia crisis climática.
La dejadez del sistema político y de las instituciones para abordar las raíces coloniales, patriarcales y capitalistas de la emergencia climática podrían convertirse en puntos que ya no permitan la vuelta a sociedades basadas en la justicia, la igualdad y la solidaridad. Esta sola idea es desesperante.
¿Qué segundo es el último del ahora? ¿Cuándo ha empezado el después?
Los diferentes sistemas-sociales-y-políticos se ven influidos por la variabilidad climática y esa interacción puede contribuir tanto a la estabilización como a la inestabilidad del sistema tierra. Es decir, la capacidad de los sistemas sociales y políticos para responder adecuadamente a los cambios de los sistemas climáticos juega un papel fundamental en el equilibrio del sistema tierra.
Para ilustrar algunos de los factores que impulsan el sistema social hacia una mayor fragilidad, autoras como Adrienne Brown acuñan el concepto de anomia ambiental. Esta anomia (etimológicamente, falta de ley) ambiental se caracteriza por el colapso de las normas sociales, la pérdida de la confianza en las instituciones y el desinterés por mantener lazos sociales sólidos. La suma de estos procesos provoca desorden, desorientación y desconexión en el sistema-social, con el consiguiente deterioro del cimiento sobre el que puede crecer la cohesión social. Al mismo tiempo, la desestructuración del sistema social que se extiende con el avance de la anomia ambiental se plasma en procesos de deterioro emocional y cognitivo en el sistema persona. Este debilitamiento se manifiesta en la aparición de trastornos psicológicos, llegando incluso a conductas extremas como el suicidio.
Los procesos de inflexión social, a partir de los cuales no hay vuelta atrás, se producen en aquellos momentos en los que las tensiones acumuladas dentro de la sociedad superan la capacidad de adaptación del sistema social y político. Este fenómeno de inflexión social se ve agravado por la presencia de ideologías extremistas que, en la actualidad, obstaculizan el desarrollo de vínculos sociales esenciales para afrontar y frenar los peligros asociados a las crisis ecológicas. Cuando estas ideologías predominan, dificultan la gobernanza necesaria para que la cooperación y la cohesión social prospere.
La devaluación del derecho internacional, la violación de los marcos legales, el abandono de los tratados mundiales, el uso de la fuerza militar, la degeneración de los valores y normas sociales y de la deliberación critica del sentido existencial frente al cambio climático provoca una profunda desorientación en el sistema sociedad. Esta desorientación se traduce en un descrédito de los referentes colectivos y en la incapacidad de los sistemas personas para encontrar significado ante un entorno cambiante y amenazante. Lo que implica que, si los esfuerzos destinados a preservar el entorno y mitigar los efectos destructivos de las crisis ecológicas son percibidos como insuficientes o ineficaces, pueden surgir sentimientos de desamparo y angustia generalizados. Así, la percepción de una respuesta institucional inadecuada incrementa la experiencia de la vulnerabilidad emocional y cognitiva de la población, intensificando el impacto negativo de la crisis climática sobre el bienestar individual y colectivo, y la correspondiente capacidad de adaptación o resolución de la crisis.
A pesar de los desafíos y de la percepción de insuficiencia en las respuestas a la crisis climática es posible orientar los esfuerzos hacia la restauración de las condiciones que permiten mantener el equilibrio del sistema tierra y de todos los sistemas anidados en él. Este restablecimiento requiere un enfoque centrado en la calidad de las relaciones entre los distintos actores sociales. Según el investigador Kyle Whyte, para que las relaciones favorezcan la vida y sean sostenibles, deben cimentarse sobre atributos como el consentimiento, la confianza, la responsabilidad y la reciprocidad. No obstante, la construcción de este tipo de relaciones, caracterizadas por la retroalimentación positiva entre sus sistemas, es imprescindible la colaboración activa de los gobiernos, la sociedad civil y las entidades privadas a todos los niveles, desde el local y nacional hasta el internacional.
Desde el futuro, nuestro momento de cambio será un instante. ¿Puede el tiempo estar apurado?
La teoría de sistemas dinámicos ofrece herramientas para detectar señales tempranas y anticipar el cruce de umbrales críticos, pero la solución no reside en la predicción, sino en la capacidad colectiva para transformar la dirección del cambio antes de que se alcance el punto de no retorno. Esto implica integrar políticas públicas ambiciosas en materia climática, fortalecer los servicios de salud mental y desarrollar una conciencia social orientada a combatir la desigualdad en busca de la justicia distributiva y climática ante la crisis.
Se trataría de construir procesos de emergencia positiva que permitan a las comunidades adaptarse, reinventarse y sostener el sentido frente a la incertidumbre. Las crisis que afectan a los entornos sociales y naturales evidencian cómo el tiempo, lejos de ser una sucesión de momentos, puede transformarse abruptamente en una fuerza apremiante. Lo que antes eran transiciones graduales se convierten, ante las situaciones críticas actuales, en auténticos umbrales de no retorno que intensifican la urgencia de actuar con determinación. Los sistemas-sociales-y-políticos se ven forzados a responder con rapidez, pues cada demora incrementa los riesgos y acerca a la humanidad a situaciones límites. El tiempo se contrae y la urgencia se instala como condición fundamental; solo actuando de manera decidida y solidaria se puede sostener la vida y dar sentido a la existencia colectiva. Esta urgencia debe propagarse como motor de la creatividad colectiva, impulsando a las sociedades a repensar y transformar los mundos que habitan a medida que el capitalismo las desnaturaliza a un ritmo insostenible, a fin de adelantarse y poder reconducir el rumbo hacia puntos de no retorno.

