Publicado el 14 de mayo de 2025 en EL ASOMBRARIO & Co
Crece la incertidumbre. En general. Lo sabemos. Lo sentimos. Nos enferma. ¿Nos lo empezaremos a tomar más en serio?
POR CAROLINA BELENGUER HURTADO Y FERNANDO VALLADARES
¿Te gustaría tener una bola de cristal para ver el futuro?, ¿un espejito mágico al que preguntarle?, ¿tener el don de la videncia? No nos agobiemos porque todavía no se hayan inventado estos artilugios, la ciencia nos da unas cuantas pistas sobre qué podemos esperar del futuro para aquellos/as de nosotros/as que no hemos conseguido esos poderes de adivinación. En el mundo actual, la incertidumbre es la nueva pandemia. No solo por la inercia de las grandes crisis climática, sanitaria, geopolítica o económica que llevamos décadas alimentando, sino por la forma en la que las hemos ido abordando: privatización de servicios básicos y negación de al menos una parte de la gravedad de los problemas. Lo hemos visto con la dana y con el reciente apagón eléctrico de la península Ibérica. No estamos entrando en la resolución genuina y profunda de las causas últimas, sino que estamos alimentando debates superficiales alentados por la frivolidad y la crispación, que amplifican los problemas y, en cualquier caso, no reducen la incertidumbre. Los debates estériles son un grave obstáculo que se repite una y otra vez, especialmente en materia ambiental.

Pero ¿realmente querrías saber si un día tendrás una afección sin retorno?, ¿si una crisis económica imposibilitará que pagues la hipoteca, si una malvada corporación pública venderá tus necesidades al peor fondo buitre, si un accidente cambiará tu vida, o si algún/a político/a descreído dejará de velar por tu seguridad?
¿Perderé mi trabajo?, ¿me mudaré de casa, de ciudad, de país?, ¿encontraré nuevas amistades?, ¿me enfermará el aire contaminado? o ¿será el mercurio del pescado?, ¿quizá los antibióticos de la carne?
Aunque no lo pensamos, o no seamos muy conscientes, cada día tomamos muchas decisiones y en nuestra vida decidimos muchas cosas sin tener total seguridad sobre lo que ocurrirá. La incertidumbre nos rodea, nos ha rodeado siempre, y nos impulsa a buscar nuevos argumentos en los que asentar las resoluciones de los problemas. No sabemos si las arrugas llegarán a los 30, 40 o 50, pero utilizamos las cremas hidratantes para retrasar su aparición, hacemos revisiones regularmente a nuestros vehículos para prevenir posibles averías o accidentes, seguimos dietas basadas en vegetales para disminuir las probabilidades de padecer ciertas enfermedades. Pero nada es del todo certero. Las dudas sobre lo que vendrá nos hacen salir muy a menudo a buscar información que pueda neutralizar, anticipar o contrarrestar sus consecuencias.
Estamos por ver cambios sin precedentes en las condiciones climáticas debido a las crecientes concentraciones de CO2 en la atmósfera producidas por las actividades humanas. Sabemos que afectarán a los equilibrios que guardan los ecosistemas entre sí, a nuestra salud, a nuestra economía y a las tensiones geopolíticas. También conducirán a alteraciones en las maneras en las que vivimos: en qué y dónde trabajamos, lo que comeremos o lo que fabricaremos. Tampoco los sistemas educativos, judiciales y políticos se librarán de los cambios. La reorganización de las sociedades es un efecto colateral inevitable de la adaptación a las circunstancias variables de los entornos. Y el cambio climático es una fuente acelerada de novedades.
En este último año las temperaturas han subido 1,55°C y protagonizan un incremento acelerado en los últimos diez años. Los riesgos del cambio climático son inminentes. Y todo el mundo tiene esto presente en mayor o menor medida. Sobre el cambio climático y sus impactos hay una amplia certeza en la ciencia mundial. Pero muy diferente es la incertidumbre que nos acecha personalmente; cuándo y cómo llamarán esos cambios a mi puerta.
Por ello es imprescindible anticiparnos, pensar en esa incertidumbre y fortalecer los sistemas de protección ante estos eventos. Una protección que arranca en la psicología de cada quien y escala a medidas sociales y políticas. Recordemos que el cambio climático intensifica fenómenos naturales como tormentas, sequías o avalanchas, pero los desastres que causan no son naturales. Son el resultado de las decisiones y de las acciones que se toman o no, antes, durante y después de cada evento. Enmascarar los desastres bajo el adjetivo natural puede llevarnos a pensar que son inevitables y que nada se puede hacer para mitigarlos. Y no hay nada más alejado de la realidad.
La campaña #Los desastresNoSonNaturales pone de relieve que las consecuencias se agravan cuando los gobiernos no están preparados para actuar y cuando las poblaciones no tienen la información necesaria y adecuada para reaccionar. Hemos tenido una dolorosa prueba de esto con la reciente dana de Valencia de la que aún no acabamos de reponernos ni de revisar nuestras decisiones individuales y colectivas que puedan atenuar los impactos futuros de las nuevas danas que vendrán.
Los sistemas de protección social son mecanismos creados por los Estados para salvaguardar los derechos fundamentales de las personas por un lado, y, por otro, para amortiguar las situaciones que amenazan nuestro bienestar psicológico. El sistema nacional de salud ha garantizado la asistencia sanitaria y farmacéutica de la ciudadanía a pesar de las diferencias socioeconómicas que puedan existir. La seguridad social asegura el derecho a recibir una atención excelente sin mediar la mercantilización de estos servicios. Con ello se consigue reducir el desasosiego por una enfermedad imprevista o un accidente, y acrecentar la satisfacción psicológica con la vida.
La incertidumbre proviene de las dudas sobre el tipo de acciones que serían más indicadas para garantizar la seguridad de la vida. Por ejemplo, el sistema de pensiones pública contribuye al bienestar emocional, porque asegura una calidad de vida mínima durante los años en los que el trabajo asalariado debe cesar y el envejecimiento y la supervivencia de la población quedan protegidos. Sin embargo, también existen los seguros privados de jubilación que pueden firmarse con entidades privadas y que ofrecen otras ventajas. Las dudas entre unos y otros pueden solventarse en función de los criterios que más se valoren. Ahora bien, si no existiesen ni los sistemas públicos ni los privados, estas dudas podrían convertirse en ansiedad, una intranquilidad constante ante una posible amenaza que limita la longevidad y la calidad de la vida.
La ansiedad ante el cambio climático, la ecoansiedad, crece cuando la ciudadanía percibe desinterés por los poderes políticos, indiferencia por legislar, inacción frente a la economía neoliberal, desidia por implantar estrategias innovadoras o directamente niegan y abandonan sus obligaciones como dirigentes de garantizar la seguridad y protección.
Los Planes Nacionales de Adaptación (PNAD) son estrategias integrales que describen la manera en que un país se adaptará al cambio climático y reducirá su vulnerabilidad a los riesgos relacionados con el clima. Reconocen la importancia de los sistemas de alerta temprana que ofrecen a las comunidades, a los trabajadores/as y responsables políticos la información que necesitan para preservar las vidas, las propiedades, los hábitats y la naturaleza. También se advierte de la eficacia de proponer actividades de preparación ante los posibles desastres. De esta manera nos equipamos de las herramientas, los conocimientos y la infraestructura necesarios para adaptarnos a unas condiciones medioambientales cambiantes y mitigar los potenciales riesgos.
Para paliar los riesgos que la crisis eco-social está generando y la ecoansiedad, la comunidad internacional deberá establecer mecanismos novedosos de protección de aquellas poblaciones que se encuentran en situaciones de vulnerabilidad, como el fondo de financiación de Asistencia técnica para la prevención y preparación de desastres (TAFF). La Unión Europea calcula que los eventos climáticos extremos han afectado a unos 50 millones de personas, ocasionando unos gastos que se calculan por valor de 170.000 millones de euros al terminar el siglo XXI. Entre las inversiones que se prevén realizar como medidas de autoprotección, están aumentar las medidas de prevención y preparación para los desastres. Los desastres no solo destrozan los hábitats, causan daños económicos y sociales, y además provocan daños en la salud psicológica de las comunidades afectadas.
La preparación se considera un paso fundamental para aumentar la sensación de control sobre las situaciones. Si hacemos memoria, el profesorado pone pruebas evaluadoras al finalizar los temas para que el alumnado tenga la oportunidad de familiarizarse con los contenidos, contrastar sus conocimientos y practicar sus habilidades ante una situación nueva que es potencial causa de estrés. Su objetivo es que al llegar el momento del verdadero examen puedan conocer a lo que se enfrentan o lo que se espera, y logren manejar la ansiedad de manera efectiva.
El entrenamiento en el deporte o ante los exámenes permite ensayar las acciones, no importando tanto los errores como la capacidad de aprendizaje a partir de ellos, que encaminan a convertirse en expertos/as en el tema. Al practicar en situaciones de seguridad, se consigue incrementar el dominio sobre el entorno, reducir los síntomas de la ansiedad y multiplicar las capacidades que animan a tomar las riendas de la propia vida. Las personas con un bajo nivel de ansiedad tienen más probabilidad de enfrentarse a las situaciones estresantes con respuestas activas, buscando información que pueda poner soluciones a la inquietud, mientras aquellas otras que tienen altos niveles de ansiedad tienden a evitar enfrentarse, ya que creen que es muy improbable que ellas puedan ejercer algún cambio o tener alguna influencia. Cuanto mayor sean las enseñanzas y los recursos a disposición de la ciudadanía, ésta sentirá estar mejor preparada para afrontar circunstancias adversas y los impactos sobre la salud mental serán menores.
En las investigaciones realizadas se comprueba que la preparación psicológica para los desastres reduce síntomas que son propios de la depresión, el trastorno de ansiedad y de estrés postraumático y aumenta la auto eficacia y seguridad percibida. Anticipar, planear, prever o avanzar lo que se puede sentir ante situaciones de riesgo puede ayudar a gestionar mejor las respuestas, a mantenerse en calma y a poner la atención en lo prioritario.
La Red de Innovación en Salud Mental (MHIN) cuenta en su página web con diferentes proyectos de investigación-acción en los que se comprueba que mejorando la preparación psicológica ante los desastres se enriquecen las habilidades de afrontamiento y, por tanto, las consecuencias adversas para la salud mental se reducen. La preparación consiste en la formación de grupos que debaten e intercambian experiencias acerca de cuestiones relacionadas con las causas y consecuencias de los desastres. Se dialoga además sobre las reacciones psico-sociales y cómo el estrés afecta al desempeño sobre las actividades diarias. Finalmente, se practican las competencias básicas que se han demostrado útiles para superar las situaciones críticas.
Sin olvidar que la ciudadanía cuenta con herramientas para presionar sobre la clase política. Elegir líderes/as con una visión amplia del futuro que entiendan los riesgos climáticos en sus intersecciones con los factores que obstaculizan la desigualdad. Votar por programas electorales que contemplen objetivos ambiciosos para la implementación de soluciones basadas en la naturaleza. Optar por dirigentes con capacidad de cultivar alianzas, de generar vínculos entre conocimientos y técnicas, con valores morales que prioricen la vida ante los intereses económicos y que diseñen planes de prevención y preparación adecuados. Inclinarse por partidos políticos que promuevan procesos de democracia participativa. Seleccionar a aquellas personas en las que poder confiar para hacer las transiciones, que asuman las responsabilidades sin maniobras de distracción, sin mentiras, artificios o imposturas.
En el mundo actual, la incertidumbre es la nueva pandemia. No solo por la inercia de las grandes crisis climática, sanitaria, geopolítica o económica que llevamos décadas alimentando, sino por la forma en la que las hemos ido abordando: privatización de servicios básicos y negación de al menos una parte de la gravedad de los problemas. Lo hemos visto con el reciente apagón eléctrico de la península Ibérica. Tras el mayor apagón en la historia de España y Portugal, no estamos entrando en la resolución genuina y profunda de las causas últimas que lo hicieron posible, sino que estamos alimentando debates superficiales alentados por la frivolidad y la crispación, que amplifican los problemas y, en cualquier caso, no reducen la incertidumbre de cuándo, cómo y de qué intensidad o extensión será el próximo apagón. Los debates estériles son un grave obstáculo que se repite una y otra vez, especialmente en materia ambiental.
La preparación en salud mental integrada para desastres basada en alumbrar las emociones y pensamientos que origina la emergencia climática permite articular vías que informan a los poderes públicos que las políticas climáticas importan y preocupan a toda la ciudadanía.

