Columna de Opinión publicada en El Asombrario el día 1 de julio de 2025.
Carolina Belenguer Hurtado y Fernando Valladares.

La lógica sostendría que para tomar buenas decisiones basta con los datos objetivos que arrojen luz sobre la cuestión en particular. Sin embargo, se pueden tener todos los datos del mundo y seguir tomando malas decisiones, sobre todo si en ellas están involucrados valores contrarios a las creencias que sostienen la identidad. Es decir, cambiamos la percepción del mundo antes que las creencias que tenemos sobre él. Antes muerta que cambiar. Es “la cognición protectora de la identidad”. Y es el caldo de cultivo en el que crece la extrema derecha: “Para legitimar la política de extrema derecha que trata de desorientarnos sin mostrar una pizca de vergüenza, se apropian de reivindicaciones que solo benefician a una minoría. La libertad individual es lo único que cuenta, ya sea para tomar cañas o decir que te gusta la fruta. Se hace bandera de la negación de la ciencia, ya sea para rechazar las vacunas o el cambio climático”.
POR CAROLINA BELENGUER HURTADO Y FERNANDO VALLADARES
Los grupos con los que simpatizamos y los colectivos a los que pertenecemos determinan lealtades ideológicas incondicionales a las causas que defienden. Dan Kahan llama a este fenómeno la cognición protectora de la identidad. Una tendencia a avalar unas opiniones y conductas o a desautorizarlas con el objetivo de dar a conocer a otras personas las comunidades a las que se pertenece o se aspira a pertenecer.
Las creencias que identifican a ciertos grupos sociales activan emociones sociales, como la vergüenza o el orgullo, que refuerzan las preferencias de quién queremos ser y cómo queremos vivir. Cuando la verdad que ofrece la ciencia se opone a las preferencias de la mayoría en el estado social actual, no es raro que haya quien prescinda de la ciencia y se apegue a grupos que son más significativos en lo emocional o en lo económico. Los vínculos que se establecen y que permiten el desarrollo y el bienestar personal son mucho más poderosos que las verdades ofrecidas por la ciencia, ya que permiten proteger el ego, encajar los retos, tolerar los riesgos, defenderse de los peligros o hacer frente a las crisis, sin cuestionar las estructuras socio-políticas que avalan dichos vínculos.
La vergüenza, como emoción social, tiene entre sus misiones la de mantener el grupo unido, evitando que se cometan actos deshonestos, resultando muy útil para mantener el tejido social cohesionado. En el caso de que se trasgreda una norma o valor importante, aparece este sentimiento de repudio en la persona que comete la falta. En lo personal, se presenta como un sentimiento de descrédito cuando se sabe que se ha hecho daño o se ha quebrantado el deber. Conlleva una pérdida de autoestima, respeto y consideración. En la mayoría de las ocasiones, la vergüenza aparece de manera inconsciente, involuntaria y repentina. La existencia de personas que carecen de vergüenza supone un problema para la cohesión de las sociedades ya que pueden llegar a violar derechos básicos para la convivencia.
Desde hace unas décadas la vergüenza ha aparecido como una emoción política. Algunos grupos sociales han conseguido dar la vuelta a las situaciones de marginación, reivindicando el orgullo de ser como son y como quieren ser. Esto ha llevado a que, en otros colectivos, pese a su situación privilegiada de partida, haya crecido el descontento… ¡y la vergüenza!
Es bien conocido que el pensamiento occidental se encarga de fomentar la culpa si ciertos estándares de éxito material no son alcanzados. El individualismo y la competitividad por alcanzar esos logros esconden que las verdaderas raíces del problema se encuentran en los cambios económicos: la globalización y la deslocalización que pusieron en marcha las grandes compañías como forma de abaratar costes y así aumentar beneficios. Esta situación ha dado lugar a un creciente sentimiento de vergüenza entre las personas que pertenecían a grupos que en el pasado aspiraban y lograban el éxito social. Perder la admiración, el honor o el respeto es lo peor que le puede pasar a cualquiera. El avance de los derechos ordena hacer sitio a los colectivos que han sido históricamente excluidos. El cambio de mentalidad hace que la reclamación de las condiciones pasadas cree ofensas racistas, sexistas o negacionistas. Corrientes antagónicas, que se desprecian mutuamente y que hacen aumentar el sentimiento de humillación.
Esta situación favorece a los partidos políticos que ofrecen una transformación de este sentimiento desde la humillación de ser señalados a la dignidad de ser reconocidos o a la satisfacción de dar rienda suelta a sus creencias. Para ello, se designan y acentúan áreas imprescindibles para el desarrollo de las sociedades, por ejemplo, la sanidad, las relaciones internacionales, la seguridad nacional o la justicia, pero se ponen en manos de personas con intereses tendenciosos y partidistas, que difícilmente pueden beneficiar a una amplia mayoría. Miremos a EEUU: La sanidad es un tema capital para la gobernanza de un país, pero la administración Trump nombra un ministro que no cree en las vacunas; la justicia, pilar de honestidad e integridad, se entrega a una lobista; la secretaría de seguridad nacional la dirige una asesina de animales, o en los difíciles equilibrios diplomáticos de las Naciones Unidas, se envía a quien tiene opiniones extremas.
En España también podemos tener ejemplos de esta manera de gobernar que crea vínculos enfermizos, la mano que acaricia es también la que golpea; quien tiene el mandato de gestionar, proteger y defender a la ciudadanía repudia la evidencia científica y se consagra a la fe, a las valoraciones subjetivas o a las convicciones ingenuas. El destino para las poblaciones es la indefensión, mal si se accede al sometimiento de la sinrazón, mal si no se cede a la gobernabilidad. El beneficio es para unos/as pocos/as, las consecuencias nocivas para la mayoría. Quienes se comprometen a velar por la seguridad de la ciudadanía son los mismos que la desprotegen, eliminando servicios de prevención y atención, minimizando los recursos públicos, reduciendo la inversión en políticas de igualdad, implementando el pin parental, suprimiendo la financiación a la investigación y fomentando el negacionismo. Sin embargo, alivian los sentimientos de inferioridad intelectual, humillación ante los insultos y perjuicio por las pérdidas económicas.
Así, se facilita que más y más personas se desprendan de la vergüenza para poder alcanzar un estado de desvergüenza que se juzga como admirable. Alguien que se atreve a decirle al emperador que está desnudo, alguien con un carácter determinado, fuerte y osado. A cambio ofrece forjar una reputación en la que se valora lo audaz y lo heroico del enfrentamiento al poder. El arrojo de decir lo que se piensa es premiado a pesar de que no cuente con evidencias y datos, porque tomar riesgos es de valientes. Los argumentos seducen porque mueven emociones potentes, pero desdeñan las consecuencias éticas que pudieran tener los hechos alternativos. Desde esta atalaya se reivindica el valor supremo de la libertad individual deshaciéndose de los límites que impone la vida social, de las incertidumbres del conocimiento humano o del desprestigio que suponen las mentiras.
Para legitimar la política de extrema derecha que trata de desorientarnos sin mostrar una pizca de vergüenza, se apropian de reivindicaciones que solo benefician a una minoría seleccionada de antemano y se presentan de modo que se anulan las cargas y se sobrevaloran los alivios que proporcionan. La libertad individual es lo único que cuenta, ya sea para tomar cañas o decir que te gusta la fruta. Se hace bandera de la negación de los conocimientos de la ciencia, ya se sea antivacunas o para rechazar el cambio climático. Existe una insubordinación ante la hegemonía de las teorías científicas que se disfraza de conspiración contra el poder y se proclama libertadora, honorable y orgullosa. Quienes empujan esta cruzada contra la ciencia, crecen con el desprecio que suscitan porque se han autonombrado los protectores de la moral y las buenas costumbres.

