La desconfianza en los gobiernos agrava el desasosiego ecosocial

Columna publicada por CAROLINA BELENGUER HURTADO y FERNANDO VALLADARES el 12 de agosto de 2025 en El Asombrario. El año 2025 ha sido declarado año internacional de la Paz y la Confianza por Naciones Unidas. La confianza es hoy más valiosa que nunca. En 2018, el secretario general de la ONU empleó una analogía clínica al calificar la […]
13 de agosto de 2025
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Columna publicada por CAROLINA BELENGUER HURTADO y FERNANDO VALLADARES el 12 de agosto de 2025 en El Asombrario.

El año 2025 ha sido declarado año internacional de la Paz y la Confianza por Naciones Unidas. La confianza es hoy más valiosa que nunca. En 2018, el secretario general de la ONU empleó una analogía clínica al calificar la situación mundial como si se tratara de un “trastorno por déficit de confianza”, sugiriendo así un diagnóstico que refleja una carencia patológica en los vínculos que crean seguridad y solidaridad entre los actores globales. La ecoansiedad como un conjunto de emociones de carácter negativo, desagradables e incómodas tiene impactos graves sobre la salud y el bienestar psicológicos. Existe una literatura científica extensa acerca de los factores que pueden causar estos malestares. No solo los eventos climáticos extremos vividos en primera persona tienen el poder de activar la ansiedad ecológica, sino que en muchas encuestas aparece la falta de confianza en la ciencia y en los gobiernos como factor que agrava la intensidad de los desasosiegos debidos a las crisis ecosociales. Confianza, una vez más.

Los gobiernos tienen un papel principal en la protección de la población ante los fenómenos climáticos extremos y también la responsabilidad para incrementar las condiciones sociales de bienestar, velando por un acceso igualitario a la educación, sanidad, seguridad alimentaria, vivienda, etc… Estas instituciones son las encargadas de tomar decisiones acerca de los riesgos que nos amenazan en base a los datos que la ciencia recopila. La percepción de que existen medidas que protegen de los riesgos climáticos genera la confianza de la ciudadanía en los Estados. Esta misma confianza es esencial para asegurarse el apoyo a políticas climáticas más ambiciosas. La ansiedad ecológica, que surge a raíz de las consecuencias asociadas a las crisis derivadas de la emergencia climática, se intensifica cuando se percibe que las acciones encaminadas a su mitigación son insuficientes. Por el contrario, esta ansiedad tiende a disminuir si se considera que los riesgos y preocupaciones futuras están debidamente contemplados y existen medidas efectivas de prevención, mitigación y adaptación. La crisis climática es el síntoma visible en el que ha culminado una economía depredadora y una ideología basada en lógicas de dominación. Hasta ahora, el orden mundial residía en unas instituciones internacionales que procuraban unas normas, más o menos justas, que trataban de mantener un equilibrio, más o menos estable, con el objetivo de ir construyendo paz, igualdad y justicia. Sin embargo, desde el segundo mandato de Donald Trump en EE UU asistimos de manera sobrecogedora a la cancelación de la mayoría de los acuerdos por los que las naciones se han regido desde el final de la II Guerra Mundial. Estados Unidos ha roto unilateralmente los tratados, convenios, acuerdos, resoluciones y pactos que fueron hechos para proteger los derechos, no de unos pocos, sino de toda la humanidad. En enero de 2025, EE UU abandonó el Acuerdo de París o, lo que es lo mismo, abandonó los compromisos realizados para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, aduciendo que perjudica su balance económico, que supone unos gastos extras de los que se benefician otros países que no se lo merecen y que castiga la libre competencia de la empresa privada. Además, ha despedido al personal científico que realiza el informe sobre la evaluación nacional del clima (NCA) y ha retirado los informes de la página web, ha cancelado las guías de la política ambiental, entre muchas otras medidas que se dirigen a defender la supremacía comercial, tecnológica o militar de su país a cualquier precio.

Este giro aprovecha el poder económico para establecer reglas que favorezcan alcanzar los recursos naturales y los objetivos geoestratégicos necesarios para mantener el estatus quo. Argumentan que, para mantener y aumentar la calidad de vida, los empleos, la seguridad nacional y la superioridad en los negocios es necesario imponer una serie de medidas comerciales coloniales que le permitan controlar las fuentes de combustibles. Se ha revitalizado la inversión en energías fósiles y se ha dado luz verde a nuevos proyectos de explotación de hidrocarburos. La orden ejecutiva “Proteger la energía estadounidense del exceso estatal”, ha calificado las políticas para la mitigación del cambio climático como una ideología cuya finalidad es acabar con el dominio que ostenta el país, imponiendo multas ilegítimas, excesivas y arbitrarias a las empresas contaminantes, limitando la competitividad comercial y la libertad individual tratando de recortar las conductas que perjudican al medio ambiente y a la salud personal.

El gobierno de Milei, también de extrema derecha, se muestra escéptico sobre el consenso científico de la realidad del cambio climático. Retiró al país de la asistencia a la COP29, ha desmantelado el ministerio de ambiente y reducido el presupuesto dedicado a prevención de políticas climáticas. Hungría, otro país bajo la órbita del extremismo, ocupa el lugar 45 en el índice de desempeño frente al cambio climático. Lo que significa que se sitúa entre los países de bajo rendimiento, debido a que la implementación de políticas climáticas es escasa, la inversión en energía fósil alta, los activistas son perseguidos y no se publican datos por los medios afines al gobierno. En el último Eurobarómetro la ciudadanía italiana expresó que el gobierno de G. Meloni no ha hecho lo suficiente para acometer los cambios que permitirían fortalecer la resiliencia frente a los eventos climáticos. La creencia en la ineficacia del gobierno ha crecido este último año un punto y es la más alta de Europa. En EspañaVox sigue esta senda. Cuestiona la emergencia climática, desvinculando los eventos climáticos extremos de sus verdaderas causas, que según la ciencia no son otras que las actividades humanas.

El patrón que siguen estas formaciones políticas es similar, crean dudas, siembran la confusión, mantienen posturas contradictorias, tensionan los mercados y comprimen las ideologías en rígidos credos. Después de estos ejemplos y a pesar del desprestigio, la impopularidad y descalificación que cosechan en buena parte de la población, existe un incremento de las fuerzas más conservadoras en muchos parlamentos.

La justificación presentada es la necesidad de reducir costes y prevenir el fraude verde. Sin embargo, Michael Mann, científico especializado en clima, plantea que este argumento parece estar relacionado con la percepción de que la ciencia afecta negativamente a ciertos intereses económicos.

Este aparente eclipse en el que el cambio climático es ocultado no implica que sea inexistente. Las disrupciones climáticas no dependen de que la voluntad desee que algo sea real o no; depende de nuestras acciones, de las normas y regulaciones que se adopten, del respeto y cuidado a las condiciones biosféricas y sociales que mantienen la vida como prioridad.

Borrar la existencia del cambio climático implica asumir que la economía puede continuar funcionando sin modificaciones, bajo la premisa de que no existen límites al desarrollo y que los recursos naturales son inagotables. De acuerdo con este enfoque, se considera innecesario destinar recursos al estudio del fenómeno ni realizar inversiones en la transición energética. No obstante, algunos analistas observan discrepancias, ya que existen movimientos proteccionistas, nacionalistas e imperialistas orientados a mantener posiciones predominantes frente a la posibilidad de que otros países aumenten su control sobre el mercado de las fuentes energéticas.

Estados Unidos ha declarado que el cambio climático es un engaño y sin embargo ha iniciado un nuevo proceso colonizador para apoderarse de las fuentes energéticas esenciales para la transición verde. La propiedad de los minerales y tierras raras es condición imprescindible para conservar la hegemonía internacional.

Parte del auge de estos partidos políticos puede explicarse por las dinámicas ambivalentes de las que se nutre el nuevo colonialismo. Se establece un ciclo en el que se justifica la necesidad de mantener estas prácticas extractivistas como un fin superior para prolongar el dominio económico, mientras se esconden las consecuencias destructivas, particularmente en las denominadas zonas de sacrificio y en general, sobre la vida en el planeta. Estas contradicciones quedan claramente reflejadas en situaciones como el interés de la Administración estadounidense por adquirir Groenlandia o Canadá, así como en los acuerdos firmados con Ucrania para explotar sus recursos a cambio de apoyo militar, lo cual evidencia posturas opuestas entre los principios declarados y las acciones realizadas. El motor de esta carrera es recuperar una posición de ventaja, reducir la dependencia y establecer las normas que regirán las relaciones internacionales.

Estas prácticas no solo promocionan una visión extractivista del mundo, sino que están acompañadas de ilusorias promesas de gestionar los riesgos que ellas mismas generan. Este ciclo, donde los riesgos creados justifican las soluciones propuestas, fortalece la dependencia de las mismas prácticas extractivistas que perpetúan el problema inicial. Así, la solución ofrecida no solo valida, sino que también fomenta la continuidad del sistema que genera los riesgos, cerrando un círculo en el que las promesas de gestión sirven como excusa para evitar un cambio real. En última instancia, los riesgos no se eliminan, sino que se transforman en un argumento para seguir justificando las mismas dinámicas que los producen.

La estrategia deliberada de borrar el cambio climático en las agendas políticas y científicas no solo representa un acto de negación y falsedad, sino una maniobra que perpetúa dinámicas de poder profundamente arraigadas. Al ignorar las señales de alarma provenientes de los ecosistemas, se legitima un modelo económico extractivista que prioriza el beneficio inmediato sobre la sostenibilidad a largo plazo. Aparentar que el cambio climático no existe resulta funcional para muchos gobiernos, pues al sacar el problema de la agenda pública pueden eludir responsabilidades, ignorar sus efectos y mantener prácticas perjudiciales y peligrosas sin tener que rendir cuentas.

La confianza puede ser definida como el estado psicológico que permite asumir la vulnerabilidad sobre la base de expectativas positivas respecto a las intenciones de otra persona. Cuando los niveles de confianza son altos, se aceptan más y mejor políticas orientadas a mitigar la angustia existencial asociada con el deterioro de las condiciones de vida. Debilitar los sistemas de monitorización del clima que recopilan datos sobre el tiempo y las condiciones climáticas es eliminar información crucial para comprender las interacciones de las diferentes variables meteorológicas y humanas. También impide prever los impactos en la agricultura, la salud o la seguridad alimentaria. La seguridad de la población, por ejemplo, depende de herramientas que permitan pronosticar las tormentas para que los/as agricultores/as tomen decisiones sobre la protección o recolección de las cosechas, para que el transporte tenga en cuenta las condiciones adversas en sus desplazamientos, para que se modifiquen las condiciones óptimas de almacenar productos, para regular los caudales hídricos, para planear edificaciones o para optimizar el diseño de sistemas energéticos. Más importante todavía y como ya se ha demostrado en las últimas inundaciones, saber con mayor exactitud lo que podría ocurrir y donde, sirve para salvar vidas, para prevenir y alertar a la población.

Vivimos una desconexión creciente entre los discursos políticos y las necesidades reales de las comunidades afectadas por los fenómenos climáticos. Mientras se generan narrativas que exaltan la innovación y el desarrollo, la realidad demuestra que estas promesas sirven en realidad como distracción de las responsabilidades ambientales que se continúan eludiendo. En un ciclo donde la confianza se pierde, surge la necesidad imperiosa de una sociedad civil unida a la hora de exigir transparencia, inversión y atención a la ciencia, y políticas climáticas sólidas que permitan mitigar los impactos inminentes.

Así como el sabor de los tomates, el valor de los parques o el acceso al agua potable no se valoran en su justa medida hasta que se percibe su ausencia, la confianza es un elemento invisible pero fundamental en las relaciones humanas y en el funcionamiento de las instituciones. Cuando desaparece, se percibe un vacío que afecta tanto a la convivencia como a la funcionalidad del sistema en el que vivimos. La confianza, por otro lado, se erosiona cuando los discursos y promesas no coinciden con las acciones, cuando se perpetúan dinámicas de poder que sacrifican valores esenciales como la sostenibilidad o el bienestar social. En ambos casos, recuperar lo perdido requiere reconocer la importancia de lo que parecía garantizado y tomar medidas sistémicas para devolver tanto el sabor como la confianza a su lugar central en nuestras vidas.

Fernando Valladares
valladares.info
Doctor en biología, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y profesor asociado en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Director del proyecto "La Salud de la Humanidad"

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