Es importante cuidarse y darle sentido a la rabia ante la injusticia, la violencia, la guerra o la inacción climática.
La rabia no es un simple desahogo visceral sino que, bien enfocada, es una herramienta política potente y precisa. Según la filósofa estadounidense Myisha Cherry, esta emoción no es destructiva por naturaleza sino que puede ser cultivada activamente como una fuerza para el bien, especialmente en la lucha antirracista donde la denominada ira lordeana busca cambios estructurales profundos y una resistencia basada en la inclusión.
El sociólogo y activista Oriol Erausquin advierte en su obra titulada "La rabia es nuestra" que el sistema neoliberal intenta neutralizar este impulso mediante la psiquiatrización y medicalización del malestar individual, aplicando una suerte de luz de gas institucional que invita a practicar el mindfulness mientras se sufre explotación o precariedad. La anestesia química y social se rompe cuando la indignación se colectiviza para desafiar lo que enferma al mundo, superando la catarsis efímera y mercantilizada de espacios como las salas de la rabia o rage rooms. La extrema derecha ha demostrado una capacidad asombrosa para capitalizar este sentimiento en momentos de crisis aguda, como ocurrió tras la catástrofe de la dana de 2024 en Valencia, transformando la injusticia percibida en asco y miedo contra chivos expiatorios como los migrantes o las élites globalistas.
En el terreno digital, la economía de la atención explota la indignación mediante mecanismos como el cebo de la rabia o el click de la rabia, donde los algoritmos premian sistemáticamente el contenido que provoca división porque genera más permanencia y datos valiosos. Frente a este uso mercantilista y tóxico, surge una ofensiva digital estratégica ejemplificada en la campaña Tesla Takedown activa entre 2025 y 2026, que utiliza el boicot contra la compañía de Elon Musk para señalar su influencia política y reducir su fortuna como respuesta a la inacción climática. Aunque pensadoras como Martha Nussbaum proponen una rabia de transición enfocada exclusivamente en reformas futuras y bienestar social, voces como la de Cherry sostienen que la rabia política es indispensable para confrontar injusticias como el racismo o el sexismo, ya que sin ella la herida moral se vuelve invisible.
El feminismo contemporáneo, impulsado por el movimiento MeToo, ha sabido articular esta indignación mediante el uso de estadísticas y el sarcasmo para denunciar el acoso ubicuo, desafiando el imperativo histórico de la mujer comprensiva. La construcción de un arsenal de rabia fructífera requiere un proceso metódico de olfatear conflictos locales, sembrar conexiones entre afectados y ocupar espacios de decisión para aprender de la evaluación crítica de las acciones. Hay una diferencia fundamental entre el odio fascista, que es identitario y busca la erradicación del otro, y la rabia instruida, que persigue la abolición de las condiciones de opresión e injusticia que la disparan para construir un mundo donde su propia existencia sea, finalmente, innecesaria.

