Las infografías climáticas de Ilustraciencia llenan Gondomar de ciencia, arte y esperanza activa
Once láminas de gran formato sobre cambio climático, creadas por la academia Ilustraciencia y traducidas al gallego, se han convertido en el motor de un proyecto colaborativo que une ciencia, arte, lengua y ciudadanía en Gondomar (Vigo). El científico del CSIC Fernando Valladares participó en la inauguración, subrayando el poder de la gente y de las pequeñas iniciativas como puntos de inflexión social frente a la crisis climática.
El pasado jueves 4 de diciembre tuvo lugar la inauguración de la exposición del proyecto Illustraciencia “Ilustrando el cambio climático”, que consta de once láminas de gran formato con infografías que interpretan diferentes aspectos, causas y consecuencias del cambio climático en la vida de nuestro planeta. Las infografías climáticas de la academia Ilustraciencia cuentan una magnífica historia de colaboración. Se inaugura en Gondomar (Vigo) una exposición de once de ellas con cinco de sus autoras, el coordinador científico y el Instituto de Estudios Miñoranos en un evento donde se habla de cambio climático, naturaleza y humanidad. Ciencia, arte y corazón.
Las infografías son atractivas, pretenden serlo. En un caso se observa una ardilla que grita, y esa era su forma artística de una denuncia basada en la ciencia, basada en los datos. Valladares apostilla "Tú te vas a la infografía y puedes ver datos. Los datos siempre tienen que estar ahí, más en esta época. Entonces, el desafío de las infografías es precisamente no solo condensar información, sino hacer que tengas ganas de entenderla. Ves qué pinta una ardilla, o qué pinta un pulmón, o qué pinta un bacilo, o qué hace ahí un esquimal, o qué estamos viendo ahí en la llanura del mamut, y te preguntas: “¿Pero esta exposición de qué va?”. Me alegro de que te hagas la pregunta porque de eso se trata, de que te llame a hacerte preguntas".
Esta exposición, ya solo de un vistazo, muestra colores y estilos muy diferentes, y viva la diversidad. En muchos aspectos eso enriquece el tema. El hecho de que hayan coincidido varias infografías con el tema del permafrost también te hace ver el mismo problema detrás de la mirada de personas diferentes. Lo cuentan distinto, se fijan en cosas distintas y eso, pensando en las audiencias, es clave: las audiencias también son diferentes y a una persona le llama la atención una cosa y a otra, otra. Hay gente que sabe mucho de unas cosas y nunca se había parado a pensar en estas otras. Esa diversidad que una exposición como esta trae es una fortaleza. Otros prefieren propuestas más normalizadas y quieren una exposición temática en colores, con un mismo estilo. Eso tiene su ventaja, pero también su limitación. Aquí se ven expresiones muy personales y muy diferentes.
Valladares, con relación a la inauguración del evento exposición comenta que "me gusta lo que está ocurriendo hoy aquí y el hecho de que esto no sea un final de nada, sino un capítulo más en una historia cuyo destino es todavía abierto. Es el poder de la gente: con muy pocos medios lo que hemos hecho. Muy pocos medios en temas administrativos, porque esto, en teoría, no se podía hacer. Si le preguntas a un administrativo, normalmente la respuesta es no.
Había muy pocos medios y esto no se había hecho antes. Traducir las infografías al gallego, por ejemplo, fue un proceso que al final ha salido muy bien, pero hubo un momento en que te dabas cuenta de que esto no se hace así como así. Las trabajadoras del curso estaban de vacaciones, ¿cómo les ibas a pedir más, cuando bastante hacían cediendo su trabajo? Pero al final se van engranando las piezas y el proyecto va tomando vida propia. Los proyectos colaborativos tienen esa belleza: adquieren propiedades propias, empiezan a tomar vida.
El CSIC, institución a la que represento, es un gran dinosaurio administrativo y burocrático, lleno de trabas, limitaciones, autorizaciones y papeleo. Si hubiéramos entrado al CSIC por la vía oficial, aún estaríamos rellenando impresos y pidiendo permisos. Contamos con la complicidad de una asesora de la vicepresidencia que enseguida entendió que esto tenía que ocurrir y lo fue haciendo posible, porque decía: “Pocas cosas son tan eficientes, van a dar tanta satisfacción y visibilidad con tan poco esfuerzo”. Es una pena que administrativamente se pare algo así porque no está autorizado o visado o seguido. Eso debería animarnos a meternos en muchas cruzadas que parecen perdidas de antemano, que parecen imposibles, pero que pueden lograrse. “¿A ti te gustaría que ocurriera?”, pues vamos pasito a pasito, cada uno suma, y las cosas colaborativas sorprenden gratamente.
Traducir al gallego tiene muchas implicaciones. Hablábamos de la reivindicación del propio lenguaje. El gallego, para quienes no lo somos —mi apellido es gallego, mi bisabuelo, mi tatarabuelo—, forma parte de una historia familiar. El abuelo de mi bisabuelo era relojero en el pueblo de Valladares, en Vigo. Hace décadas, cuando mi abuelo vino a conocer el pueblo, todavía había gente que se acordaba del relojero Valladares. Tengo raíces aquí y esas cosas emocionan. Por lo que he vivido en casa y lo que he sabido de los gallegos —más allá de lo clásico: la gran colonia en Buenos Aires, la empanada gallega fantástica—, también recuerdo que el idioma se consideraba ordinario y que “no había que hablar en gallego”.
Aprovechar ahora la exposición, gracias también a la cabezonería de algunos, para poner en valor el idioma tiene mucho sentido. La ciencia dignifica un idioma. Si usas una lengua solo para hablar de frivolidades o banalidades, la infantilizas y la ridiculizas. Pero si empleas el gallego para hablar de ciencia actual, de temas de alta problemática y tensión, estás poniendo al gallego en la cima, y ríete del inglés. Puede sonar a sueño, pero quizá desde el gallego se pueda llegar a Portugal, y que los vecinos cojan la exposición porque nunca vieron algo así, tan bien montado y casi gratis, y la llevemos a la frontera como los contrabandistas, sin pedir permiso a nadie: está hecho, y habrá quien querrá verla. Gracias al gallego, estas láminas son ilustraciones de algo que necesitamos mucho: una cierta dosis de optimismo.
En las infografías que tenemos aquí, creo que solo hay una que se centra abiertamente en malas noticias, la de los “bichos” que salen del permafrost cuando se descongela: virus, bacterias, etcétera, pero que aun así habla de “novas”, noticias. Les decía, por desgracia, desde mi experiencia de tantos años contando estas cosas, que estamos cargados de malas noticias. El medio ambiente siempre parece un desastre, una contaminación, una crisis. Intentar, sobre todo con la gente que tiene la generosidad de cederte un rato de su tiempo, ofrecer no solo malas noticias sino también oportunidades, caminos de esperanza, es fundamental. Para las autoras de las láminas ya fue un trabajo enorme documentarse, leer sobre temas que no conocían, y bastante han hecho. Me gustaría que todos nos lleváramos la carga positiva de esfuerzo que hay detrás de esta exposición y que he intentado ilustrar con esta improvisación sobre el poder de la gente: la capacidad que tenemos de hacer cosas.
Una de las cosas que me emociona de Galicia es esa tozudez de la población humilde gallega, esa capacidad de decir: “Tú dirás lo que quieras, pero esto no es así. Aquí sabemos lo que queremos, sabemos lo que es bueno”, aunque no siempre lo pongamos en práctica. Con un poco de ayuda de alguien de Madrid, otro de Barcelona, otro de Canarias, se logra convertir esa fuerza local en algo que está “top”. Esa internacionalización saludable del sentimiento gallego, esa fusión entre lo muy gallego y el cambio climático del siglo XXI, abre un terreno nuevo en el que lo más local, lo más denostado durante décadas —y hoy me confirmaban que incluso algunos partidos en el poder todavía lo denostan— pase a verse como un valor, no como una vergüenza.
Para un informe semanal que saldrá a comienzos de año me pidieron unas palabras. Además de hablar de cambio climático, al final me preguntaron: “¿Y cómo ves el año que viene? ¿Qué crees que va a pasar?”. En lo climático, fatal. No vamos a arreglar el cambio climático en un año y los incendios, los eventos extremos, todo esto dará muchos titulares y muchas desgracias. Pero no me gusta quedarme con ese mensaje. El mensaje positivo que intenté trasladar es el de las buenas noticias que pueden venir de la gente. Viajando por distintos sitios y conociendo personas y lugares, veo mucha gente buena, preocupada por cosas graves, haciendo cosas que individualmente parecen humildes y discretas —como una exposición en un pueblo que a veces no tendrá ni gente para abrirla ni verla—, pero que ahí está.
Esas cosas tienen un valor importante. Matemáticamente hablamos de puntos de inflexión social, una validación numérica, científica, de cómo pequeñas cosas sociales pueden desencadenar cambios más grandes. Los puntos de inflexión climáticos son momentos a partir de los cuales hay colapso del sistema y todo va a peor. Pero también hay puntos de inflexión positivos, y la sociología nos habla de cómo pequeños gestos de personas aparentemente pequeñas pueden tener un efecto multiplicador inesperado en lo positivo. Me atrevo a pensar que este año vamos a cosechar bastantes de esos gestos. No soy Nostradamus, no es mi estilo, pero uno va viendo gente por todas partes, no solo en España, con iniciativas culturales, tecnológicas, energéticas, políticas, que se ponen a trabajar y dedican generosamente su tiempo a algo que no les reporta beneficio individual inmediato, sino social y colectivo, y que de forma orgánica, sin que nadie coordine todo, apuntan en direcciones muy parecidas: hacia la salida de este embrollo en el que nos estamos metiendo, del que el cambio climático es solo un síntoma.
Siendo que la exposición de infografías trata un tema muy preocupante, su actualidad se debe a la gravedad y al impacto que el cambio climático está teniendo. Sin embargo, tanto la forma en que se ha hecho la exposición como los mensajes que pueden acompañar su viaje de pueblo en pueblo transmiten algo muy poderoso: no solo esperanza, porque la esperanza, sin apellido, viene de “esperar”, y aquí no se trata de esperar nada, sino de actuar. Por eso hablamos de esperanza activa: positiva, pero basada en el “haz”, no en el “espera”.


