Artículo publicado en El Asombrario el 24 de enero de 2026
Por CAROLINA BELENGUER HURTADO y FERNANDO VALLADARES
En 2050, el 70% de la población mundial vivirá en áreas urbanas, incrementando la presión sobre los ecosistemas proveedores y sobre la capacidad de regeneración planetaria. No sólo eso, sino que dentro de las propias ciudades la distribución de espacios públicos, la accesibilidad y la asignación de recursos o el diseño de infraestructuras suelen responder a intereses económicos, ignorando la importancia de los espacios de encuentro, de cuidados y de conexión con la naturaleza, que son esenciales para la vida. Esto ha provocado que los espacios urbanos y los servicios estén diseñados priorizando la movilidad y el acceso al trabajo remunerado masculino, dejando en segundo plano la importancia de los cuidados, la conciliación y la distribución equitativa de recursos como parques, centros de salud y servicios de cuidado infantil y de personas mayores o dependientes. Las políticas urbanas han venido reforzando estereotipos y desigualdades; necesitamos una revisión profunda de las relaciones de poder que nos atraviesan, ya que estas divisiones perpetúan relaciones de poder que subordinan tanto a las mujeres como a la naturaleza.
Érase una vez una ciudad en la que la naturaleza resguardaba a la sociedad otorgándole espacios, rutinas y costumbres que dependían de sus condiciones naturales, de los factores ambientales y de los recursos locales. Ciudades amuralladas, situadas frente al mar, en cruces de caminos o a orillas de ríos y tierras fértiles. Unos orígenes que hablan de progreso y prosperidad en unos inicios históricos de las ciudades auténticamente fascinantes. Cada ciudad fue creándose atrapada por las fuerzas de expansión, ocupación y transformación que definen el desarrollo. Una tras otra, las ciudades, fueron conquistadas por un modo de pensar que encumbró la capacidad humana de imponer un orden racional y planificado sobre el territorio. Sin embargo, la disposición de infraestructuras y el acceso a recursos se hizo, en muchas ocasiones, sin acabar de comprender la interdependencia de los sistemas ecológicos y a menudo de forma desorganizada y desprovista de una planificación urbana a largo plazo.
Imponer un orden aun cuando eso significara modificar profundamente los entornos naturales. Los conocimientos técnicos se utilizaron para crear estructuras artificiales y complejas que respondían a necesidades colectivas y aspiraciones de progreso. La visión racional del desarrollo fue impulsando la construcción de ciudades como centros de poder, comercio y cultura. Esto permitió grandes avances en calidad de vida y bienestar material, pero también generó profundas rupturas en la relación que existía entre la sociedad y la naturaleza.
El intento de controlar la naturaleza produce paradojas notables, ya que al dominar los sistemas naturales frecuentemente se interrumpen los ciclos propios de la naturaleza y se alteran equilibrios ecológicos claves y delicados. Esto puede provocar consecuencias no deseadas como la pérdida de biodiversidad; y lo que es más importante, pone en entredicho nuestra capacidad de dominio total, al dejar en evidencia que la naturaleza sigue leyes y ciclos autosostenibles que no podemos ignorar sin repercusiones. Nuestro conocimiento de los flujos de agua y energía en una ciudad es, por ejemplo, rudimentario, a pesar de su gran importancia.
Las ciudades, verdaderos epicentros de la vida contemporánea, funcionan gracias a una compleja red de flujos de materiales, energías y seres humanos que transcienden sus fronteras físicas. La afirmación de que las poblaciones, sobre todo las grandes metrópolis, se abastecen y mantienen gracias a bienes, materiales y trabajo de personas que residen lejos de ellas, no solo se puede comprobar fácilmente, sino que resulta fundamental para entender tanto la vitalidad como la fragilidad de los sistemas urbanos actuales. Las ciudades, motores del desarrollo, se configuran como enormes sistemas metabólicos que absorben recursos de territorios lejanos, los transforman y expulsan residuos, en una dinámica muchas veces invisible para quienes habitan en ellas.
En los puertos, estaciones y carreteras existe un tránsito ostensible pero invisible y constante de toneladas de bienes que llegan o parten de y hacia otros destinos. A través de las redes de cables, fibras ópticas y tuberías viajan la energía, los datos y el agua de manera casi imperceptible, oculta y silenciosa. Las ciudades se convierten en maquinarias de consumo y fábricas de residuos y despojos más o menos eficaces en enmascarar la co-dependencia global o la huella de carbono. Este uso de materias y recursos genera impactos en los ecosistemas propios, aunque la mayoría de las consecuencias negativas de la basura y los desechos ni se gestionan ni se perciben en los entornos urbanos.
Los alimentos se importan de varios continentes, el agua proviene de cuencas distantes y se depende de energías producidas por fuentes diversas y muy alejadas. Los productos que son consumidos aquí posiblemente hayan sido fabricados en otras zonas, extrayendo materias primas y recursos naturales que producen desechos y contaminación, por lo que los costes reales asociados a los diferentes consumos quedan camuflados tras una apología de la prosperidad y el bienestar. Al no sentir de manera inmediata los efectos de la producción, al no ver las secuelas de la contaminación por el transporte, al no apreciar el alcance de los residuos o al no calcular los resultados de la construcción sin fin, es mucho más fácil que la responsabilidad se diluya y que sea francamente difícil que se tome conciencia para mitigar los peores impactos.
La voracidad de las ciudades reside tanto en la demanda insaciable de bienes y recursos como en la desconexión que se crea entre el consumo y sus consecuencias. El desenfreno del crecimiento relega y mata los territorios y comunidades indispensables para que los ciclos de la vida sigan consumándose. El informe mundial de las ciudades alerta que para el año 2050, el 70% de la población mundial vivirá en áreas urbanas, incrementando la presión sobre los ecosistemas proveedores y sobre la capacidad de regeneración planetaria. Las ciudades, al concentrar la mayor parte de la población mundial, son también los principales focos de contaminación, generando riesgos considerables. Pero las ciudades ofrecen asimismo numerosas oportunidades para implementar acciones orientadas a la reducción de emisiones de CO2.
Los modelos de planificación urbana, basados en ideales de progreso y productividad, dejaron de lado la integración de parques, huertos, bosques y espacios naturales, vistos como accesorios y no como elementos fundamentales para el bienestar colectivo y ambiental. La cultura occidental ha construido un pensamiento que tiende a presentar la realidad dividida en dos aspectos opuestos a los que se asignan valores diferentes, pero que forman un todo: la naturaleza, tradicionalmente asociada a lo femenino y salvaje, se contrapone a la cultura, vinculada con lo masculino, la razón y el progreso. De igual manera, el medio ambiente se entiende como algo externo o secundario respecto a la ciudad, que se percibe como el centro de la vida civilizada y moderna.
Estos modelos perpetúan relaciones de poder que benefician a quienes históricamente han detentado el control, mientras marginan las voces y necesidades de mujeres y otros colectivos. Por ejemplo, la distribución de espacios públicos, la accesibilidad y la asignación de recursos o el diseño de infraestructuras suelen responder a intereses económicos, ignorando la importancia de los espacios de encuentro, de cuidados y de conexión con la naturaleza, que son esenciales para la vida. Esto ha provocado que los espacios urbanos y los servicios estén diseñados priorizando la movilidad y el acceso al trabajo remunerado masculino, dejando en segundo plano la importancia de los cuidados, la conciliación y la distribución equitativa de recursos como parques, centros de salud y servicios de cuidado infantil y de personas mayores o dependientes.
Identificar cómo las políticas urbanas refuerzan estereotipos y desigualdades y cómo la transformación de dichos espacios requiere una revisión profunda de las relaciones de poder que nos atraviesan es fundamental, ya que estas divisiones no solo invisibilizan la interdependencia entre las personas y el entorno, sino que perpetúan relaciones de poder que subordinan tanto a las mujeres como a la naturaleza.
Los impactos son significativamente diferentes debido a los roles de género y otros ejes de poder que definen en qué espacios, trayectorias y actividades nos movemos. Los roles de género influyen en los patrones de consumo, uso de recursos, distribución de las tareas de cuidado, participación en la toma de decisiones y exposiciones a peligros ambientales. El género influye incluso en el patrón de consumo energético en una ciudad como Madrid. En el contexto urbano, esa trama de vulnerabilidades se complejiza por la imbricación con elementos como la clase social, las condiciones materiales de los hogares, la precariedad laboral, la pobreza energética, así como la pertenencia étnica o migrante.
La pobreza no se distribuye al azar en una ciudad. Aquellas personas que habitan barrios periféricos o infraequipados, cuyos hogares carecen de acceso digno a energía o que tienen empleos precarios se ven espacialmente expuestas ante las injusticias de los efectos del cambio climático. Esta exclusión no solo se manifiesta en la distribución desigual de infraestructuras, recursos y servicios, sino que también opera a un nivel simbólico y afectivo, perpetuando marcos normativos que asocian el espacio público con atributos supuestamente masculinos –autonomía, racionalidad, control– y relegan la vida reproductiva, el cuidado y la vulnerabilidad a la periferia o al ámbito privado.
Los marcos de pensamiento que se apoyan en sesgos o patrones mentales automáticos distorsionan la percepción de las prácticas cotidianas y las políticas urbanas. Sin una representación diversa, se ignoran necesidades como rutas seguras, puntos de encuentro que consideren colegios y centros de mayores o la creación de infraestructuras resilientes y espacios verdes accesibles, lo que perpetúa desigualdades y limita el desarrollo de ciudades inclusivas y sostenibles.
Por un lado, se minimizan y deslegitiman las experiencias emocionales de los colectivos minoritarios, condenando sus necesidades y sentires a la irrelevancia. En este caso, lo que no se reconoce se vuelve insignificante, como si las tareas de la vida diaria, los cuidados, la seguridad y el bienestar fueran prescindibles en la lógica de la existencia. Por otro lado, se magnifica y se coloca en el centro del discurso la dimensión emocional asociada al crecimiento económico. En este caso, solo las emociones ligadas al éxito, al progreso y a la eficiencia reciben atención, recursos y legitimidad. Las urbes refuerzan la brecha entre lo que se degrada, las voces, afectos y demandas de las personas que han sido marginales y lo que se exalta, los intereses económicos asociados al desarrollo material. Esta contradicción lejos de ser accidental es consecuencia de las prioridades que se consideran al diseñar los espacios urbanos.
Cuestionar este y otros sesgos cognitivos sobre los que se han desarrollado las ciudades que relegan la dependencia de los otros seres vivos y de la naturaleza a un rol subordinado, por ejemplo, la invisibilización de los cuidados, permite identificar cómo las políticas urbanas acentúan las desigualdades y cómo la transformación de los espacios requiere una revisión profunda de las relaciones de poder que los atraviesan.
Los sentimientos de empatía, compasión y responsabilidad se traducen en prácticas concretas de cuidado y protección hacia quienes nos rodean, ya sean personas, animales u otros elementos de la naturaleza. De este modo, las emociones no solo guían nuestra interpretación del mundo, sino también nuestra capacidad de actuar con sensibilidad y compromiso hacia todas las formas de vida.
Por ello, en el ámbito de la gestión urbana y ambiental, es imprescindible reconocer y valorar la función de las redes ecológicas como soporte esencial para la resiliencia, la adaptación al cambio climático y el bienestar de las personas. Solo mediante la restauración de los hábitats y su protección, la educación ambiental, la gobernanza participativa o la incorporación de infraestructuras verdes se podrá revertir, al menos en parte, el desequilibrio generado por la hegemonía del cemento sobre la red de la vida en las grandes ciudades del siglo XXI.


