Fauna amiga y agricultura ecológica

En lugar de pelearnos con la naturaleza y matar animales indiscriminadamente por prejuicio o ignorancia, nuestra vida sería mas saludable y sostenible si nos aliáramos con toda esa fauna amiga que permite evitar venenos y problemas mayores. Repasemos algunos miembros destacados de esta biodiversidad tan cómplice. Nuestra relación con el medio natural tiene margen de […]
   
2 de noviembre de 2025
Lectura: 6 minutos

En lugar de pelearnos con la naturaleza y matar animales indiscriminadamente por prejuicio o ignorancia, nuestra vida sería mas saludable y sostenible si nos aliáramos con toda esa fauna amiga que permite evitar venenos y problemas mayores. Repasemos algunos miembros destacados de esta biodiversidad tan cómplice.

Nuestra relación con el medio natural tiene margen de mejora. Durante milenios, y de manera más marcada en los últimos siglos, hemos alcanzado ciertos equilibrios entre producir comida, obtener recursos básicos para nuestra subsistencia y conservar el agua, el suelo y la biodiversidad. Sin embargo, este equilibrio se ha visto desafiado especialmente desde mediados del siglo XX por la agricultura intensiva e industrial, que buscaba maximizar la producción alimentaria a cualquier precio.

La producción de vegetales, hortalizas y frutas fue maximizada mediante el uso de fertilizantes artificiales, como nitratos y fosfatos en grandes cantidades, que acabaron dispersos en el ambiente. A lo largo del siglo XX, se desarrollaron tecnologías, herramientas e inventos para extraer aún más productividad de la tierra, apoyados por una química muy intensiva en lo que hoy llamamos fitosanitarios. Todos sabemos que este término esconde pesticidas, plaguicidas, fungicidas, insecticidas, todo tipo de productos que matan y que, finalmente, acaban afectándonos a todos.

La creciente conciencia de los daños que estos productos provocan nos lleva a ser más precavidos, a buscar recuperar algunos equilibrios y a apoyarnos en el funcionamiento de los ecosistemas. La agricultura sí puede hacerse en el marco de un ecosistema, considerando el cultivo como parte de él. Si respetamos ciertas normas de juego, tomando en cuenta la biodiversidad y los ciclos de materia y energía, podríamos lograr una producción sostenible, ecológica, equilibrada y saludable de alimentos vegetales.

En las últimas décadas, hemos visto a muchos animales —insectos, mamíferos, aves y anfibios— que identificamos, como sociedad, como enemigos, por comerse los productos que cultivamos o aprovecharse de las cosechas. Por esa razón aparecieron los insecticidas y plaguicidas; pero recientemente hemos entendido que no solo hemos rebasado límites ecológicos, sino que hemos creado problemas químicos insostenibles, que nos afectan incluso más que a esas "plagas".

Esta preocupación está llevando a personas del sector primario, la administración pública, investigadores y técnicos a replantear cómo equilibrar la relación con animales y plantas. Hoy damos a las plantas menos nitrógeno y fosfato, intentamos no manipularlas genéticamente en exceso, pero la reflexión va sobre la fauna: esa fauna que a veces molesta pero que puede ser una formidable aliada.

Bien entendida, la fauna nos ayuda a controlar microfaunas que realmente bajan la productividad, como insectos defoliadores, lombrices y otros invertebrados. Necesitamos mantener bajo control esos ejércitos que se reproducen rápido y no tiene sentido seguir dependiendo de los químicos, cuando podemos recurrir a lo biológico: aliarnos con especies de aves, mamíferos, anfibios y reptiles que mantienen el control poblacional de esos insectos.

Sin embargo, la fauna enfrenta muchas amenazas en el medio seminatural donde coexisten explotaciones agrícolas y ecosistemas. Por ejemplo, aves electrocutadas al tocar cables, animales atrapados en pozos, albercas o balsas de riego de las que no pueden salir, incluso en piscinas o por colisiones con estructuras humanas.

Los químicos se vuelven el problema más grave: plaguicidas y el famoso glifosato no solo eliminan la base trófica sino que contaminan a los animales que podrían ser aliados. En décadas pasadas, la ley de alimañas premiaba la eliminación de zorros, garduñas, lobos y águilas reales, considerados dañinos. Hoy hemos avanzado, pero seguimos olvidando cuidar a la fauna cuya presencia beneficia las cosechas.

Un librito publicado por GREFA, apoyado por el Ministerio para la Transición Ecológica y WWF, detalla los aliados del campo: esa fauna auxiliar que nos puede ayudar en vez de complicarnos la vida. El libro repasa desde pautas básicas para cuidarlas (cajas nido y trucos para atraerlas) hasta fichas por grupos.

Las aves, por ejemplo, pueden favorecerse cerca de cultivos con bebederos accesibles todo el año, respetando su época de cría y evitando ruidos o actividades cerca de los nidos. En invierno o pleno verano, los comederos ayudan mucho. En lugares como los melojares -  arboleda de rebollos que pertenece al género de los robles y encinas - abundan carboneros y herrerillos, aves simpáticas con canto inconfundible, que mantienen a raya gran cantidad de insectos, polillas de frutales y otras especies dañinas, ayudados por la diversidad de plantas y la instalación de cajas nido.

El gorrión común, omnipresente en entornos humanos, limpia restos de comida y ayuda como un barrendero natural; sólo hay que no tapar los huecos donde anidan. Golondrinas y aviones son excelentes cazadores de insectos, atrapándolos en vuelo para mantener bajo control las plagas. No hay que tocar ni destruir sus nidos, ya que están protegidos y son auténticos insecticidas naturales.

El vencejo, ave migratoria de vuelo alto y canto estival, indica la llegada del verano y contribuye también a controlar insectos. Entre las aves rapaces, el águila imperial regula las poblaciones de conejos, evitando que se descontrolen en parques, carreteras o campos. El aguilucho cenizo y el ratonero también cazan roedores, y dejar árboles altos aislados facilita sus nidos y su labor ecológica. Los cernícalos, pequeño y primilla, aprovechan palomares restaurados y huecos de fachadas; instalar cajas nido y mantener vegetación natural para ellos es clave.

Las rapaces nocturnas, como búhos y lechuzas, cazan silenciosamente roedores e insectívoros por la noche. El búho chico, más pequeño, es sensible a los venenos contra roedores, así que usar menos rodenticidas y hacerles cajas nido ayuda mucho. La lechuza común, fantasmagórica y rodeada de mitos, también se beneficia de cajas nido resistentes y duraderas.

Entre los mamíferos, los mustélidos —comadreja, turón y tejón— son carnívoros inquietos y voraces, excelentes cazadores de roedores y conejos. Mantener riberas, cunetas y vegetación facilita su supervivencia. El turón, antecesor del hurón doméstico, es limpio, hábil y nocturno; el tejón, mucho más grande, excava madrigueras y es sensible al atropello y la destrucción del hábitat. Los cánidos como el zorro rojo, adaptable y oportunista, dispersa semillas y controla roedores y carroña en bosques y ciudades.

El lince, que está recuperando población, regula a los conejos y a otros predadores, equilibrando el ecosistema porque, a diferencia de los herbívoros y roedores, los grandes predadores gestionan su propia densidad para no sobrepasar su capacidad de supervivencia.

El erizo, entrañable insectívoro, es vulnerable a atropellos y, con su dieta variada, regula grillos, saltamontes, lombrices y caracoles, manteniendo el bosque equilibrado.

Los murciélagos, insectívoros nocturnos, en declive por los plaguicidas, controlan plagas como la polilla del manzano y enfermedades como el virus del Nilo occidental. Son vitales para la biodiversidad y su protección ayuda a gestionar ecosistemas sanos.

Las lagartijas y salamanquesas, reptiles aliados en la lucha contra insectos, prosperan en muros con huecos y piedras, mientras que el lagarto ocelado, rey de los reptiles peninsulares, ayuda a controlar micromamíferos y numerosos insectos si evitamos atropellos y trampas.

Las serpientes como la culebra bastarda y la culebra de escalera comen roedores y contribuyen al equilibrio agrícola. Son inofensivas para el ser humano, pero muy beneficiosas en el control de plagas.

Los anfibios, como la salamandra común y los sapos, regulan invertebrados y detritus, contribuyendo a la salud del campo. La instalación de rampas en balsas y albercas puede salvarles la vida.

Un ejemplo práctico: colocar cajas nido para lechuza, cernícalo y mochuelo en una finca agrícola reduce la población de topillos, plaga periódica en los cultivos, mucho mejor que utilizar veneno. Las aves depredadoras matan cientos o miles de roedores al año por pareja, mientras que la solución química es cara y perjudicial. La solución biológica cuesta menos y es más sostenible en el tiempo.

En conclusión, conservar y favorecer la fauna auxiliar —anfibios, aves, reptiles, mamíferos— es mucho más eficaz, saludable y rentable que recurrir a métodos convencionales y agresivos como el veneno o el plomo. La naturaleza requiere plazos más largos, pero los beneficios son claros, sostenibles y llenos de buen rollo. ¿Quién quiere echar veneno en un bosque cuando puede aliarse con la fauna amiga?

Fernando Valladares
valladares.info
Doctor en biología, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y profesor asociado en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Director del proyecto "La Salud de la Humanidad"

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