Artículo completo de Fernando Valladares publicado en El Asombrario el 26 de mayo de 2026
El actual estrangulamiento del Estrecho de Ormuz no es simplemente un bache en la cadena de suministro global, sino un ensayo general de la parálisis sistémica que acecha a una civilización adicta al petróleo. Según el análisis de Mark Burton, el estancamiento provocado por la invasión de Irán por Estados Unidos e Israel ha revelado una vulnerabilidad aterradora en la infraestructura misma de nuestra existencia cotidiana. Aunque la atención se centra habitualmente en el 20% del petróleo y gas natural que transita por esta arteria vital, el impacto real se extiende a productos que sostienen la vida de miles de millones de personas, incluso a alimentos tan básicos como la patata y fármacos de uso tan generalizado como el paracetamol y la aspirina. Estamos ante el preludio de un colapso en múltiples sistemas interconectados que, una vez agotadas las reservas globales, forzarán un cambio permanente hacia una economía de escasez y encarecimiento drástico.
La magnitud del desastre se comprende mejor al observar el sector agrícola, donde la dependencia del crudo es absoluta. Aproximadamente el 30% de los fertilizantes mundiales dependen del libre tránsito por Ormuz, una zona donde Qatar destaca como el mayor productor mundial de urea. Las cifras son contundentes, ya que la región exporta el 35% de la urea y el 23% del amoníaco que se consume a nivel global, insumos sin los cuales la seguridad alimentaria se desmorona rápidamente. A esto se suma que casi la mitad del comercio mundial de azufre, fundamental para procesos industriales y la extracción de minerales como el cobre o el cobalto, debe atravesar obligatoriamente este cuello de botella. La interrupción prolongada de este flujo garantiza una recesión mundial alimentada por una escalada de precios sin precedentes.
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