Artículo completo publicado en EL ASOMBRARIO el día 7 de abril de 2026
POR FERNANDO VALLADARES y CAROLINA BELENGUER
El menú que nos encontramos con frecuencia en los restaurantes ofrece tres opciones de primer plato, tres de segundo, postre y bebida, con la promesa de que algo habrá de nuestro gusto. Sin embargo, para quienes siguen una dieta vegetariana o vegana, esta promesa se convierte en una ilusión, ya que la mayoría de los platos están elaborados con productos animales. El menú que nos encontramos en el restaurante energético promete opciones verdes. En este menú, las plantas de biogás se presentan como la supuesta alternativa verde frente a la gasolina o el gas. Por el contrario, cuando examinamos sus ingredientes con detenimiento notamos que no es verdaderamente sostenible para la vida ni garantiza un impacto ambiental positivo a largo plazo. El plato estrella parece apetitoso, pero deja sabor a engaño, como bien saben todas aquellas personas que se están uniendo en plataformas en contra de la proliferación de las plantas de biogás.
En los últimos años, España ha experimentado un aumento exponencial de proyectos para la instalación de plantas de biogás y biometano. Recordemos que el metano es el principal gas que resulta de la fermentación de los residuos orgánicos; pero en la fermentación siempre se produce un cóctel de gases (el biogás), muchos con efectos tóxicos y todos con efecto invernadero. Para obtener biometano hace falta una inversión de energía y dinero, ya que supone depurar el biogás. No todas las plantas de biogás se diseñan con este fin, aunque el metano es el gas más cotizado, ya que puede incorporarse en la red y tiene un gran valor de mercado.
La explosión de proyectos de plantas de biogás se enmarca en la necesidad de una transición energética para abandonar los combustibles fósiles a favor de energías renovables, menos contaminantes y más sostenibles. Pero, a pesar de que asociaciones de la industria energética, organismos internacionales y entidades de gestión de residuos las han asociado a las energías verdes y a la economía circular, cada vez son más quienes no ven estas instalaciones como realmente sostenibles ni compatibles con la salud ambiental y humana. Especialmente cuando se contempla el ‘cómo’ se implantan y el ‘cómo’ se quieren implantar.
El biogás se perfila como una fuente de energía renovable debido a que la materia prima que utiliza –restos orgánicos procedentes de actividades agrícolas, forestales y ganaderas– es generada de forma natural y constante. Esto propicia una cierta garantía de disponibilidad del recurso a largo plazo, diferenciándolo de otras fuentes energéticas sujetas a la escasez y a la volatilidad de los mercados y, como vemos ahora, a las crisis geopolíticas.
Otra ventaja destacada por los defensores del biogás es el desarrollo económico local. Al utilizar recursos cercanos, puede crear empleo en la zona y asegurar el acceso a energía de kilómetro cero, es decir, producida y consumida localmente. Este modelo de autosuficiencia energética también puede actuar como un escudo frente a los riesgos derivados de una geopolítica energética incierta, permitiendo a las comunidades reducir su dependencia de mercados internacionales y sus fluctuaciones.
No obstante, el biogás no puede considerarse una energía completamente limpia. Ni mucho menos. En primer lugar, toda la logística de una planta es fuertemente dependiente del petróleo. Especialmente cuando se plantean plantas de gran tamaño. Además, durante el proceso de transformación de la materia orgánica en biogás, se emite dióxido de carbono y otras moléculas de efecto invernadero y contaminantes que afectan tanto a las personas como a los ecosistemas y ponen en peligro el equilibrio natural y la salud. Por tanto, aunque presenta ventajas en términos de renovabilidad y desarrollo local, su impacto ambiental sigue planteando interrogantes sobre su verdadera sostenibilidad.
Esta tensión plantea un dilema: ¿se debería impulsar un modelo económico de crecimiento basado en plantas de biogás que no garantiza unas condiciones seguras para la vida?
Aparecen, así, dos posturas que ahondan en las contradicciones y que producen fisuras sociales. Estas fisuras que no paran de crecer hacen urgente un debate en profundidad, sosegado y asistido por el conocimiento científico.
La primera visión, moderada respecto al papel de las plantas de biogás en la transición energética, se caracteriza por su pragmatismo. Este enfoque plantea un menú en el que, aunque las opciones sean limitadas, se ofrece al menos una alternativa válida para quienes buscan soluciones energéticas más sostenibles. Así, se presenta la posibilidad de escoger un plato de primero y uno de segundo apto para personas que no consumen productos animales, señalando que, a pesar de que no existen muchas alternativas, disponer de una opción resulta preferible a no tener ninguna.
Dentro del menú energético, la propuesta es considerar las plantas de biogás principalmente como equipamiento ambiental para el tratamiento de residuos. Estas instalaciones destacan por resolver de manera satisfactoria el problema de la gestión de residuos orgánicos procedentes de sectores como la agroganadería, la industria alimentaria y los lodos de depuradora. No obstante, para que los proyectos de plantas de biogás sean viables y aceptables, este sector moderado propone que deben cumplir con cuatro criterios:
El primero de ellos se refiere a disponer de una planificación geográfica ordenada, lo que asegura que las plantas se ubiquen en zonas que minimicen los impactos ambientales y sociales y respeten las normativas urbanísticas y de protección de espacios naturales. También permite coordinar la ubicación de las distintas instalaciones para evitar concentraciones excesivas en ciertas áreas o que queden alejadas de la fuente de residuos.
El segundo criterio es el de involucrar a la ciudadanía desde el inicio del proyecto, lo que genera confianza y permite su participación en la toma de decisiones al explicar los beneficios ambientales, económicos y sociales, así como los posibles riesgos. La transparencia de la administración y empresas gestoras es fundamental para reducir la oposición social y fomentar la corresponsabilidad en la gestión de residuos. No solo eso, sino que se debería incluir el enfoque de género, lo que implica evaluar la participación de las mujeres en las consultas ciudadanas buscando una representación equilibrada que favorezca decisiones más inclusivas y sostenibles.
El tercer criterio es el de hacer plantas relativamente pequeñas para minimizar las fugas de gases, la producción de residuos (recordemos que los residuos orgánicos no desaparecen con la fermentación, solo se elimina un 5% y el 95% se transforma en un digestato problemático), los impactos generales en la salud y los riesgos de accidentes (no olvidemos que hablamos de gases inflamables).
El cuarto criterio es el de optimizar la logística del transporte de residuos, apoyándose en el tratamiento de residuos orgánicos generados en el entorno cercano. Esto reduce las emisiones asociadas al transporte, optimiza los costos logísticos y asegura un suministro estable de materia prima, cerrando ciclos locales de economía circular.
Cuando estos criterios no se respetan, como es el caso hoy en día de la gran mayoría de los proyectos en nuestro país, el menú pragmático provoca problemas en las comunidades, dividiéndolas en la obligación de tomar partido entre el supuesto beneficio económico (que cuando se tienen en cuenta las externalidades y los impactos se desvanece) y unas condiciones ecológicas que promuevan entornos habitables. La percepción de que se ignoran las consecuencias para el bienestar y la vida por parte de aquellos que solo valoran el crecimiento económico acrecienta la sensación de desamparo y angustia por parte de las poblaciones locales.
La segunda visión ofrece una mirada crítica respecto al papel de las plantas de biogás en la transición energética y propone un menú que sea totalmente sostenible. Desde esta perspectiva, se sostiene que ningún avance será verdaderamente transformador si no se garantiza la sostenibilidad total en todos los aspectos del proceso. Aceptar alternativas que no sean completamente sostenibles equivale a colaborar con un modelo de crecimiento neoliberal, cuyo objetivo principal es el beneficio económico de los promotores y empresas implicadas en estas tecnologías.
Este menú crítico pone en entredicho la narrativa dominante sobre la transición ecológica, a la que califica como un mito dentro de la lógica capitalista imperante. Se argumenta que el llamado «capitalismo bienintencionado» no existe, y que algunas propuestas etiquetadas como verdes o sostenibles en realidad perpetúan las dinámicas de acumulación, extracción, contaminación y desigualdad inherentes al sistema económico actual. Así, cualquier intento de transición energética que no cuestione este modelo de fondo es visto como una forma de legitimar prácticas que continúan priorizando el crecimiento económico sobre el bienestar social y ambiental.
En el menú crítico se cuestiona ampliamente la neutralidad del carbono, ya que estrictamente el biogás no lo es. Se ha de tener en cuenta que la materia orgánica utilizada como base de la producción se produjo empleando agroquímicos y productos zoosanitarios, con maquinaria que consume combustibles fósiles, igual que su transporte y manipulación por lo que la suma resulta en una notable huella ambiental.
Una objeción adicional para denominar sostenible para la vida a esta tecnología es la existencia de una contradicción intrínseca que hace imposible conciliar el desarrollo económico con las capacidades y límites biológicos de la Tierra. Para que una planta sea rentable, necesita un suministro «estable y continuo» de residuos, lo que incentiva la producción de estos en lugar de reducir su producción. Lo que en el fondo invita a pensar que la expansión del biogás no responde a una necesidad de tratamiento de residuos, sino a una estrategia de las mismas compañías que impulsan o bien la producción industrial de carne (y por tanto de residuos orgánicos) o bien los combustibles fósiles para mantener su modelo de negocio y unos niveles altos de rentabilidad. El menú crítico nos advierte del riesgo de perpetuar sistemas productivos que explotan los recursos naturales hasta agotar la capacidad de regeneración del planeta.
Estas paradojas y contradicciones nos avisan de que la economía no puede desligarse de los entornos físicos ni de las materias y recursos esenciales para que la vida prospere. Una tierra contaminada es incapaz de hacer crecer alimentos. Sin alimentos no es posible ni el comercio ni la vida.
A pesar de ello, las plantas se proyectan grandes para maximizar el rendimiento económico, ignorando o infraestimando que los impactos ambientales, las amenazas para la salud y los riesgos de accidentes crecen desproporcionadamente con su tamaño. Como consecuencia, las agrupaciones ambientalistas y ecologistas elevan la alarma sobre la base de los avisos por parte de la ciencia, y la sociedad se organiza en plataformas.


