La contaminación por plástico degrada todos los ecosistemas y ya ha entrado en nuestro cuerpo con consecuencias muy preocupantes.
¿Qué riesgos implica para el planeta y para nuestra salud?
En este episodio de ECOCRACIA, Ángel Cano y Fernando Valladares charlan con Rosa Tristán, periodista ambiental, y Nicolás Olea, médico, catedrático e investigador sobre los contaminantes químicos del plástico en la salud.
Una conversación que te hará cambiar tu forma de ver y usar el plástico.
ECOCRACIA - Riesgos de un mundo plastificado
El desarrollo progresivo de la contaminación por plásticos es sorprendente por su diseminación global en todos los ecosistemas y organismos. Es una contaminación que empieza a nivel macro, con objetos grandes, pero termina siendo microscópica en toda la escala: desde los ríos y los mares a la atmósfera, de los suelos a las costas. Una parte importante del problema procede de millones de lavados diarios de fibras sintéticas, que sueltan microfibras, y de envases y objetos plásticos que acaban degradándose por la acción del sol. El verdadero riesgo comienza cuando esos plásticos se fragmentan en componentes cada vez más pequeños.
Los estudios muestran que el tamaño de los nanoplásticos, los más pequeños de todos, les permite atravesar tejidos biológicos y acumularse en organismos vivos, incluso en lugares clave para su funcionamiento. Son un riesgo para todas las formas de vida y recorren toda la cadena trófica hasta llegar al ser humano. Se han encontrado micro plásticos en el semen, en el flujo vaginal humano, en el cerebro, en la sangre, en el riñón y en la leche materna. Un estudio publicado en una revista médica como Journal of Medicine señalaba que tener nanoplásticos en las arterias aumenta el riesgo de infarto o de ictus. Además, cuanto más pequeño es el plástico, más difícil es retirarlo del medio: lo que quizás todavía puede recogerse en forma de residuo grande es imposible de capturar cuando llega a escala micro o nano.
Mientras la ciencia certifica estos impactos, la industria del plástico continúa expandiéndose. Informes de expertos ambientales muestran cómo la producción mundial de plástico se dispara. El Consejo Químico Americano, American Chemistry Council (ACC), por ejemplo, expone inversiones previstas de decenas de miles de millones de euros solo en Estados Unidos para producir etileno y propileno, bases de muchos plásticos. China se ha consolidado como gran productor mundial, con decenas de millones de toneladas anuales y una veintena de nuevas petroquímicas en marcha. El tercer gran foco está en Oriente Medio y el Golfo Pérsico, grandes productores de petróleo asociados con compañías de Estados Unidos y China. Investigaciones recientes han revelado la estrecha conexión entre el sector petroquímico y las finanzas: incluso el Banco Central Europeo ha comprado bonos de estas empresas por miles de millones de euros. Una vez más, los negocios y la protección del medio ambiente y de la vida humana avanzan en direcciones opuestas.
Ante este panorama, las democracias modernas se enfrentan a preguntas incómodas. En marzo de 2022, la Asamblea de Naciones Unidas para el Medio Ambiente en Kenia dio el pistoletazo de salida a la negociación de un tratado internacional jurídicamente vinculante sobre contaminación por plásticos. Se buscaba un acuerdo global que regulase la producción y estableciera límites. Entre las medidas urgentes se planteaba una moratoria al aumento de producción, la prohibición de nuevas plantas en cualquier país, la reducción de usos innecesarios como la moda rápida y la sustitución de muchos plásticos por materiales naturales o alternativas eficaces. Se advertía además de que los plásticos “compostables” suelen ser más débiles y se descomponen más rápido en nanoplásticos. También se proponía fomentar envases retornables y reutilizables en lugar de botellas pequeñas de un solo uso.
Contar con un instrumento internacional vinculante para abordar esta crisis se consideraba fundamental tanto para el medio ambiente como para la salud humana, estrechamente ligadas. Tras aquel impulso inicial, se esperaba poder firmar en Ginebra un tratado que frenara la contaminación plástica, con representantes de casi doscientos países reunidos durante varios días de negociaciones. Luis Vayas Valdivieso, embajador de Ecuador en el Reino Unido y presidente del proceso negociador, recordaba que los plásticos son capaces de cambiar nuestro comportamiento, están en todas partes y crean problemas ambientales y de salud. Aunque un centenar de gobiernos, incluida la Unión Europea, defendían límites claros, un pequeño grupo de países productores bloqueó el borrador.
Para explicar el contexto de esta cumbre, Rosa Tristán recuerda que desde hace años se sabe que la contaminación plástica es un problema enorme y que, conforme mejoran las técnicas de detección, aparecen plásticos y microplásticos en lugares cada vez más insospechados. Durante mucho tiempo se habló de grandes “islas de plástico” visibles en el Pacífico o el Índico, pero el problema es aún mayor con la basura que no se ve, la que no llega a las playas y solo se detecta con análisis finos en sedimentos, agua o aire. La ciencia ha ido encontrando partículas plásticas en espacios donde nadie imaginaba que estuvieran y, lo más preocupante, es que son tan pequeñas que pueden empezar a formar parte de las propias células y moléculas de los seres vivos, con consecuencias aún no del todo claras, pero cada vez más evidentes.
Ante ese diagnóstico, la ONU propuso seguir el modelo de otros tratados ambientales exitosos, como los que limitaron contaminantes atmosféricos o dañinos para la capa de ozono, y elaborar un acuerdo para frenar la contaminación plástica. Sin embargo, el reciclaje, tal como se practica hoy, no está resolviendo el problema. Incluso en países ricos solo se recupera una parte del plástico usado y la cantidad producida crece tanto que resulta imposible compensarla con reciclaje. Se subraya la paradoja cotidiana: por mucho que una persona intente reducir residuos, termina cada día con una bolsa llena de envases y plásticos.
En las rondas de negociación del tratado, las diferencias se hicieron evidentes. Un grupo de países y organizaciones defendía un acuerdo ambicioso con objetivos claros de reducción de producción. Otro bloque, encabezado por grandes productores de petróleo y plásticos, insistía en centrar la discusión en el reciclaje y en apoyar técnicamente a los países más pobres, pero sin aceptar límites a la producción. Para esos estados, el sector petroquímico es estratégico y ven en el plástico una salida alternativa al petróleo en un escenario donde ya no es tan aceptable quemar combustibles fósiles. Desde su perspectiva, dejar de fabricar plástico equivaldría a renunciar a una parte clave de su modelo económico.
El resultado fue decepcionante: no se consiguió ni siquiera un acuerdo de mínimos ni un texto de compromiso. No se fijó una fecha para nuevas reuniones, y el proceso quedó en suspenso, bloqueado por los intereses de un pequeño grupo de países y grandes compañías. Se recuerda que incluso se registraron casos de acoso a científicas y expertos durante reuniones técnicas, lo que revela la presión del sector industrial. Todo ello muestra hasta qué punto los intereses corporativos pueden frenar respuestas globales a problemas reconocidos.
En paralelo, las evidencias científicas sobre los daños de los plásticos en la salud se acumulan. Se han detectado restos plásticos en más de un millar de especies animales, incluso dentro de sus músculos, no solo en el aparato digestivo. La contaminación plástica forma ya parte de nuestra cadena alimentaria.
El médico Nicolás Olea explica que “un microplástico o un nanoplástico no es una simple “piedrecita inerte”, sino una molécula orgánica compleja, derivada del petróleo, que puede incorporar cientos de aditivos. Muchos de estos componentes se comportan como disruptores hormonales, es decir, imitan o interfieren con nuestras hormonas naturales”.
Olea relata cómo, en su carrera, descubrió que incluso el material plástico de unos tubos de laboratorio era hormonalmente activo y arruinaba sus experimentos, lo que le llevó a investigar la acción estrogénica de numerosos componentes plásticos. Compuestos como el bisfenol A o ciertos ftalatos, que son compuestos químicos usados para dar flexibilidad y durabilidad a los plásticos (PVC), usados como aditivos, han demostrado tener efectos hormonales muy claros. La exposición continua a estas sustancias puede alterar procesos endocrinos fundamentales y está relacionada con problemas de fertilidad, desarrollo y otras patologías.
Los estudios recientes muestran, además, que ingerimos plástico de forma constante: se habla de varios gramos por semana, el equivalente aproximado al peso de una tarjeta de crédito. Se han medido decenas de miles de nanoplásticos en el aire interior de las viviendas y se ha comprobado que una parte importante de las partículas que contaminan el aire urbano procede del desgaste de neumáticos, es decir, de plásticos liberados por la propia movilidad cotidiana. Esto implica que cambiar a coches eléctricos no elimina este tipo de contaminación si no se reduce el tráfico en general de manera radical.
Ante este panorama, los participantes en este episodio de Ecocracia coinciden en que hace falta una respuesta en varios niveles. A escala política, es urgente limitar la producción de plástico, priorizar su uso solo donde sea realmente imprescindible —por ejemplo, en ciertos ámbitos sanitarios— y fomentar envases reutilizables, diseños que reduzcan la combinación de materiales y la presencia de aditivos tóxicos, y normativas que avancen mucho más rápido de lo que lo hacen ahora. A escala individual, aunque la responsabilidad no puede recaer solo en las personas consumidoras, sí es importante tomar conciencia, reducir el consumo de plásticos de un solo uso siempre que sea posible y apoyar iniciativas y regulaciones que cambien el sistema.
La conclusión que se desprende de la conversación es clara: la contaminación por plásticos ya no es un problema de “basura visible” en playas o mares lejanos, sino una crisis profunda que afecta a ecosistemas, economías y salud humana. Los plásticos se han convertido en parte de nuestra vida íntima y biológica, y seguir como hasta ahora no es una opción. La conversación aporta muchísima información sobre los riesgos de un mundo plastificado, en especial la larga intervención de casi 20 minutos del médico Nicolás Olea.


