Artículo entrevista de Rafa Ruiz a Fernando Valladares en el Asombrario el 17 de junio de 2026

El científico Fernando Valladares no se detiene a la hora de probar nuevos formatos para dar rienda suelta a su capacidad divulgadora, sobre todo en torno a la crisis climática, y ahora se ha sumergido en la obra teatral ‘Zumo de Remolacha’. Coincidiendo con una serie de juicios y sentencias contra el activismo ecologista, le entrevistamos a propósito de esta original iniciativa para trasladar al público lo que la Humanidad se está jugando y cómo los poderes fácticos echan mano de estrategias como la ‘Ley Mordaza’ para reprimir las acciones de la ciudadanía en defensa del planeta, pero que gustan poco a las estructuras capitalistas.

Fernando, ¿cuál es el punto de partida de ‘Zumo de Remolacha’?

La situación real que en 2022 nos llevó a científicos en 25 países a protestar con actos diversos de desobediencia civil no violenta a raíz de la publicación del resumen del informe del IPCC, de 60 páginas, que estaba perfectamente atenuado y descafeinado respecto a lo que se decía en el informe original de miles de páginas y que nadie iba a leer; por eso los científicos decidimos llevar a cabo actos diversos. Y en Madrid decidimos ir al Congreso de Diputados. Ese es el punto de partida. Una situación real que se pone en escena precisamente para provocar los sentimientos que llevaron a los científicos a salirse de su zona de confort. ¿Conclusión? Sin hacer spoiler, que la ciudadanía tiene la clave. Los políticos no están a la altura, al sector privado no se le espera para formar parte de la solución, pero la ciudadanía, representada en la obra por todos los pintorescos personajes que me acompañan en el tren, tiene la posibilidad de cambiarlo todo. Es una obra muy metafórica, loca, sugerente.

Preséntanos el equipo de la obra.

Yo, como actor, hago de mí mismo. Tuve que aprender a hacer de mí mismo durante meses de durísimos ensayos, en los cuales aprendí mucho. Entre otras cosas, aprendí a valorar lo que significa ser actor. Yo no me puedo meter en esa categoría, pero me asomé a lo que significa. Este es un trabajo en equipo. Detrás está la asociación Cor de Terra, que es la que ha conseguido el dinero, que se ha invertido lo primero en pagar al dramaturgo, Tomás Verdú, que fue quien escribió el guion, con mi apoyo, con mi asesoramiento, pero él ha construido una obra de teatro, inspirada en la realidad, pero con el saber hacer de un dramaturgo joven, muy premiado, muy reconocido, sobre todo en el ámbito valenciano, que es de donde ha partido la obra. El crowdfunding que hicimos en su día sirvió esencialmente para arrancar; nos lo gastamos prácticamente todo en eso, en arrancar la obra, durante el invierno y la primavera de 2025. Me acompañan en el escenario Miguel Sweeney y Cristina García, una actriz emblemática, buenísima. Es importantísima la dirección de Isabel Martí, que lo ha puesto todo en pie.

El equipo se completa con profesionales de la iluminación, del sonido, de la escenografía, del vestuario; en total, formamos el equipo básico nueve personas. Mi papel, como digo, fue impulsarlo, provocar en una conferencia que di en Valencia hace tres años, en la que acababa diciendo que la ciencia, el dato, no son suficientes, que necesitamos el mundo del arte y de la emoción, para que nos carguemos de la necesaria motivación para poner en pie lo que dice y recomienda la ciencia.

Esa acción vuestra de Rebelión Científica está pendiente de juicio (se cree que a la vuelta del verano), pero está encadenada con otra similar y posterior, de 2023, también en la fachada del Congreso, resuelta recientemente con multas de 1.500 euros, y con otra cuyo juicio quedaba visto para sentencia hace unas semanas y en el que se pedía 10 meses de prisión para tres activistas, incluido el poeta y filósofo Jorge Riechmann. Bajando del escenario a la realidad, ¿algo que comentar de esta judicialización de la protesta pacífica?

Hay que hacer varias consideraciones. En primer lugar, que se está tratando como terroristas a personas que han ejercido su derecho de protesta en acciones no violentas. En todo caso, corresponderían sanciones por la vía civil, pero no se ha querido hacer; incluso hubo un intento en 2023 de meternos en la categoría de terroristas, que fue detenido en seco por Naciones Unidas, Amnistía Internacional y la Unión Europea; todos pusieron el grito en el cielo cuando el Fiscal General del Estado emitió un informe tratándonos de terroristas. Tratarnos como terroristas cambia totalmente nuestros derechos, nos desprotege a todos.

Por otro lado, hay que decir una y otra vez que tenemos todavía en vigor la Ley Mordaza, que representa un atentado contra los derechos humanos en general. Es una ley de represión del derecho a la protesta; el activismo ecológico está totalmente desprotegido por esta ley, que es una ley sin muchos precedentes, y que ahora están copiando otros países, como Bélgica, Reino Unido y Alemania. En España no solo tenemos la ley, sino 10 años de práctica. Esta norma se suma al ambiente geopolítico que está tensionando mucho la escena mundial y dando alas a grupos de ultraderecha, que se caracterizan por su carácter profundamente represor; y a ellos se une que el sector judicial de nuestro país suele favorecer en sus dictámenes al sector privado y el desarrollo de las acciones económicas, frente a los que protestan en defensa de los derechos humanos. De alguna manera, son desafíos al modelo socio-económico imperante.

Así que tenemos un sector judicial amparado por una ley muy injusta que no se termina de erradicar y por unos jueces y unas circunstancias que provocan que los que protestamos nos juguemos cada vez más el tipo, nuestras finanzas y nuestra integridad física. Este sistema está llevando a amenazar, reprimir y castigar a quienes defendemos la vida.

En la obra hay una escena muy emocionante, basada en hechos reales; la que muestra cómo uno de los policías que nos detuvo en abril de 2022 me dio las gracias por lo que estábamos haciendo. Mientras me detenía, en aplicación de la ley, nos daba las gracias por lo que estábamos haciendo.

¿Qué le puede llevar a un científico a meterse en este jardín teatral? 

Para mí ha supuesto mucho esfuerzo físico, económico, mental; un gran desafío de logística personal, familiar, profesional… Cómo será el esfuerzo que tras la primera representación en Valencia, tardé 15 días en poder empezar a descansar. Tenía acumulado tal estrés, porque tenía tanta motivación, ganas, ilusión en lo que estábamos poniendo en pie, que no me daba cuenta del sobreesfuerzo acumulado durante meses. Está siendo una experiencia muy enriquecedora; entiendo algo más el mundo del teatro, y siento un grandísimo respeto hacia él; he comprobado además la precariedad en la que se mueve y el amor y conocimiento con que lo hace su gente.

También he aprendido a gestionar mis emociones, he aprendido a expresarme mejor y más dramáticamente en público. A cuidar mi voz, que cada vez la veo más tocada. He aprendido muchas cosas prácticas. Cómo controlar los nervios. Cada representación me intimida. Me entran los miedos. En concreto, pensando en el 20 de junio en Madrid, me da miedo que no vaya mucha gente, porque Madrid es una jungla, todo un desafío. Es  muy caro. Llevar la obra a Madrid supone un esfuerzo económico y logístico brutal. Hay mucho riesgo financiero. Me intimida además que será un público con muchos conocidos, y eso me impone aún más. Esperamos que en la sala haya 400 o 500 personas. Todo el que esté leyendo esto, por favor, que se tome en serio lo de venir, necesitamos un mínimo de 400, que no piensen que, como somos conocidos, se va a llenar fácilmente. No podemos confiarnos.

Si quiere leer la entrevista completa puede hacerlo en el Asombrario aquí.

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