EDITORIAL
El número especial de junio de La Madriguera de Cor de Terra está dedicado a la situación que atraviesa la ciencia y en particular la ciencia ambiental. En distintos lugares del mundo, personas comprometidas con la defensa del planeta y con la divulgación afrontan procesos de criminalización, campañas de descrédito y crecientes obstáculos para ejercer el derecho a la protesta y a la comunicación pública de sus investigaciones.
Amnistía Internacional ha mostrado públicamente su preocupación por el creciente uso de procedimientos penales contra activistas climáticos que participan en acciones pacíficas. En uno de sus comunicados recientes, la organización recuerda que “la protesta pacífica es un derecho, no un privilegio”, y advierte del efecto desmovilizador que puede tener la utilización desproporcionada de determinados delitos contra movimientos sociales y ambientales. (es.amnesty.org) En palabras de Daniel Canales, “la instrumentalización y aplicación inadecuada de cargos relacionados con la delincuencia organizada contra activistas que participan en actos pacíficos de desobediencia civil no respeta el principio de proporcionalidad”. (es.amnesty.org)
Estos hechos no pueden entenderse como episodios aislados. En numerosos países se observa una creciente tensión entre las demandas de los movimientos climáticos y las respuestas políticas, mediáticas y judiciales que reciben. En muchos casos, científicas, activistas e investigadores denuncian presiones, amenazas, campañas de desprestigio o dificultades laborales y académicas derivadas de sus posicionamientos públicos.
Y nuestro país no permanece ajeno a esta realidad. Este mes de mayo se han celebrado dos juicios que están vistos para sentencia, el primero contra contra nueve activistas científicas que reclamaban justicia para las quince personas encausadas el 6 de abril de 2022, que están esperando juicio también. La protesta pretendía denunciar que las medidas adoptadas frente a la crisis climática no están respondiendo con la urgencia que señalan numerosos informes científicos. Y el 26 de mayo otros contra tres personas ampliamente reconocidas por su trabajo y sus aportaciones en favor de la justicia climática y social: Jorge Riechmann, Marina Martínez y Francisco del Pozo.

A las puertas del juzgado. Foto cedida por Ecologistas en acción.
“A veces se describe a los activistas climáticos como radicales peligrosos. Pero los verdaderos radicales peligrosos son los países que aumentan la producción de combustibles fósiles. Invertir en nuevas infraestructuras de combustibles fósiles es una locura moral y económica.” — António Guterres
Esta realidad ha comenzado también a ser documentada desde el ámbito académico y científico. Un informe realizado por el Science Media Centre España (SMC) de la FECYT, en colaboración con el grupo de investigación Gureiker de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), revela que más de la mitad del personal investigador que comunica ciencia en medios y redes sociales asegura haber sufrido algún tipo de ataque tras su exposición pública. La incidencia es especialmente elevada entre las mujeres científicas: un 57 % frente al 46 % de los hombres. Según Science Media Centre.
Los datos apuntan a una realidad preocupante: insultos, campañas de hostigamiento, cuestionamientos de la capacidad profesional y amenazas forman parte creciente del ecosistema de comunicación científica, especialmente en ámbitos relacionados con el cambio climático, la salud pública o las vacunas. Como escribió Carl Sagan, “los valores de la ciencia y los valores de la democracia son, en muchos casos, indistinguibles”. Cuando el conocimiento científico se convierte en objeto de intimidación o descrédito sistemático, también se deteriora la calidad democrática del debate público.
La acción y lo corporal como forma de resistencia. Poner el cuerpo, convertir las ideas en voz y movimiento, es comprometerse con la realidad. El teatro, como acción corporalizada, al igual que la performance, es una invitación a actuar, a estar presente en la realidad, a tomar partido en ella. Bertolt Brecht decía que el teatro no es un espejo, sino un martillo con el que modelar la realidad. Una forma de comprometerse con el planeta desde la cultura es llevar su voz a la escena, llenar los teatros, llegar al público, subir a los escenarios donde todo está a la vista, puede ser cuestionado y lanzarles un mensaje personal porque lo personal es político. Como dice Mayorga en su manifiesto del 2006, “el teatro es un arte político”.
Al igual que nuestros cuerpos, nuestros territorios están siendo amenazados por el sistema de vida que nos imponen. Nos limitan los espacios, contaminándolos, judicializándolos y comercializándolos. Nuestros cuerpos también están siendo contaminados y amordazados: ya no nos persiguen los grises; ahora nos persigue el juez de la mano de grupos de presión como Manos Limpias o las corporaciones mediáticas.
Zumo de remolacha es un artefacto con el que Fernando Valladares pone su cuerpo y su voz al servicio de la lucha por el planeta. Se entrega y se libera, implicando al público en una catarsis de libertad.
Spoiler: en un momento de la obra, el público corea “¡¡¡Cambio climático!!!”, involucrándose colectivamente en la exposición de una rabia contenida y expresando un deseo compartido de libertad.
LA MADRIGUERA DE COR DE TERRA
ZUMO DE REMOLACHA nunca va sola. Hemos preparado 2 actividades más. Un coloquio sobre la ciencia frente a la polarización, en la propia Fundación el día 16 y otro sobre el acoso a la ciencia en Ateneo de Madrid el día 18 de junio con la presencia de Isabel Moreno y Jorge Riechmann.




