Decenas de estudiantes universitarios de Murcia se sumaron a la iniciativa mundial #FridaysForFuture de exigir políticas que luchen contra el cambio climático en el año 2019. EFE/Marcial Guillén

No es de extrañar que se diga que el cambio climático impacta en la salud de las personas, ni es de extrañar que los problemas de salud mental y concretamente la ansiedad, y más específicamente, la ecoansiedad, se estén disparando a nivel mundial

La COP 28 nos ha mostrado una vez más que nos enfrentamos a una realidad ambigua, agrietada y en la que cualquier cosa puede suceder. Todo podría mejorar, o todo podría seguir igual o peor. Dependerá de la voluntad de los gobiernos y de la presión que la ciudadanía pueda ejercer sobre ellos y sobre el sector privado para realizar las transiciones a una economía justa y solidaria, más libre de emisiones y de combustibles fósiles.

Un poco antes, el 14 de noviembre de 2023 se publicó un artículo de la prestigiosa revista Lancet Countdown acerca de la relación que existe entre el cambio climático y la salud. Las conclusiones se basan en cientos de experiencias e informes de instituciones y agencias de salud del mundo entero. Se podrían enumerar cantidades, porcentajes, indicadores y variables que aparecen en el artículo. Pero basta un breve resumen: hasta el momento no se está consiguiendo disminuir las emisiones de carbono y, por tanto, las consecuencias negativas para la salud son cada día más y más evidentes. En esas mismas fechas las Naciones Unidas alertaban de que no estamos preparados para el cambio climático que ya está teniendo lugar y parte de la falta de preparación es la falta de financiación alternativa, radical y abundante para la adaptación climática. La prensa se hizo eco del mensaje que las medidas de protección contra la crisis climática son “deplorablemente insuficientes.”

Aumentan las muertes por calor, por enfermedades infecciosas, por hambre, por desplazamientos, por pobreza y por catástrofes naturales. Los rastros del cambio climático sobre la agricultura, la ganadería y la industria impactan en los sistemas alimentarios debilitando las economías familiares, amenazando la subsistencia y aumentando los riesgos para la salud.

Ante esta situación no es de extrañar que aparezca el miedo ante el futuro, la tristeza por la desaparición de la naturaleza, el enfado por la inacción, la indignación por no cambiar los estilos de vida a pesar de los datos, la esperanza irreal en una tecnología milagrosa y otras muchas más emociones. Todas indican que algo no va bien. El miedo señala que existe una amenaza para la vida; la tristeza, que algo que es valorado se ha perdido o se está perdiendo; el enfado, que un objetivo importante está siendo bloqueado y conseguirlo será casi imposible; la indignación, que se ha vulnerado un principio moral; la esperanza, que puede que haya alguna posibilidad de alcanzar el objetivo deseado; y el dolor, que hay un sufrimiento relativo a la situación en la que se vive. Todas estas emociones hablan de cómo se percibe el mundo e informan de lo que conforma el epicentro de los valores, actitudes, intenciones o creencias de cada quien.

Y también hablan de la relación que cada quien tiene con la realidad con la que convive, cómo son afectados por la degradación de las tierras, de los mares, por el dolor de vivir en un mundo en el que cada día es más difícil comer productos sin pesticidas o escapar de las alergias y enfermedades autoinmunes. Será cada cual quien juzgue si en su economía, modo de vida, lugar de residencia o nivel de salud, la crisis eco-social supone pérdidas, daños, molestias, privaciones y hasta qué nivel.

Por primera vez durante la COP 28 se ha hecho una declaración sobre el clima y la salud, una relación que preocupa enormemente, sobre la que existe mucha información científica, pero poca comunicación y aún menos acción política y social. Se propone un enfoque de trabajo desde la perspectiva de una única salud, One Health. Esta propuesta requiere que los esfuerzos de la investigación en los campos de la medicina humana y animal se coordinen con la investigación ecológica para lograr resultados eficientes. Se trata de una nueva mirada, entendiendo que no puede hablarse de salud humana si existe un medio ambiente enfermo, si los animales no humanos enferman y si las cosechas, las ganaderías o las aguas se contaminan. La seguridad de todo el sistema depende de la detección temprana de las amenazas a la salud, para lo que se tiene que detectar el vínculo entre las causas y los impactos como enfermedades, sufrimientos y dolencias. Integrar los saberes desde las diferentes disciplinas y conformar nuevas maneras de trabajar en equipo es fundamental para prevenir los riesgos y establecer planes de prevención y actuación ante los desafíos que el calentamiento global provoca. La pérdida de espacios y especies naturales, la urbanización y el incremento de tierras para la agricultura, el uso masivo de antibióticos y ansiolíticos, el aumento de los viajes y el turismo, el transporte y el comercio internacional son algunos de los factores que pueden precipitar otras perturbaciones que hagan tambalear la salud de la humanidad.

El cerebro procesa la información del exterior que llega de los sentidos y también la que proviene de los órganos y tejidos internos del cuerpo, las sopesa y emite las instrucciones necesarias para mantenerse en equilibrio, en un bucle infinito de retroalimentaciones. Las emociones son las señales para la supervivencia que se manifiestan a través de nuestro cuerpo y que con la experiencia y el aprendizaje se dotan de significado e informan de lo que es querido. Estar alerta a esas señales nos puede salvar la vida. Registrar las sensaciones que causan las imágenes del Mar Menor, Doñana o la costa norte de nuestro país, junto a las valoraciones que hacemos de ellas, aviva el sentido de supervivencia. Esas imágenes incorporan lo que ocurre más allá de la piel en los argumentos que se utilizan para juzgar la realidad. La emoción mueve desde el interior del cuerpo a actuar para reestablecer la armonía que los sistemas corporales demandan.

Si el aire con que se llenan los pulmones está sucio por la contaminación de los carburantes; si los alimentos que nos proporcionan los nutrientes y la energía necesaria para pensar, trabajar y amar están corrompidos por metales, nitritos y químicos; si el agua que es absolutamente necesaria para mantener la vida, no sólo porque la hidratación del cuerpo es imprescindible sino porque las normas de higiene salvan vidas, y porque en la agricultura y en los procesos industriales son esenciales, empiezan a escasear y además cada vez contienen más fármacos y otras drogas, no es de extrañar que se diga que el cambio climático impacta en la salud de las personas, ni es de extrañar que los problemas de salud mental y concretamente la ansiedad, y más específicamente, la ecoansiedad, se estén disparando a nivel mundial.

La medicina ambiental se enfoca en encontrar los vínculos entre productos que se encuentran en los alimentos, el agua, los cosméticos, los productos de limpieza, los pesticidas, los humos o las radiaciones y la salud. Así, como afirma Carmen Valls, médica endocrinóloga que ha investigado sobre los efectos de las sustancias químicas como pesticidas, conservantes, dioxinas o bisfenoles, en “Medio ambiente y salud”, los efectos sobre la salud pueden comprobarse a lo largo de todo el ciclo vital con diferentes niveles de intensidad. Es importante destacar los efectos de los disruptores hormonales sobre la salud reproductiva, especialmente en las mujeres, ya que tiene consecuencias sobre los órganos reproductivos y el embarazo pudiendo producir malformaciones, aumentando el número de abortos, de infertilidad, de cáncer de mama, etc. Igualmente importante son estos disruptores endocrinos durante el desarrollo del bebé y el crecimiento de niños y niñas.

El enfoque de una sola salud aborda la seguridad sanitaria desde las relaciones que existen entre las distintas ciencias encargadas de identificar patógenos causantes de enfermedades, sin olvidar que es necesario incluir los servicios de atención a la salud mental, ya que las situaciones de crisis globales, como el caso del cambio climático, acentúan las desigualdades, los antagonismos y las vulnerabilidades tanto en lo físico como en lo mental. El aumento del estrés es causa y consecuencia de factores sociales, como una constante preocupación acerca de un futuro favorable y se refleja en enfermedades físicas y psicológicas. Las migraciones, los desastres naturales, el desempleo o la disminución de la confianza en la buena gestión pública se encuentran entre las causas que la Organización Mundial de Salud señala como desencadenantes de los trastornos de ansiedad. Por ello recomienda que se fortalezcan la asistencia psicológica y el apoyo comunitario ante las situaciones de emergencia; y la crisis climática lo es. Sin salud mental, tampoco hay salud personal ni bienestar público.

Esta situación obliga a vincular el ejercicio de la ciudadanía con la exigencia a los gobiernos de imponer leyes y normativas que aseguren una mayor seguridad alimentaria, menores niveles de contaminación en las ciudades, más protección a la salud mental, mejores medidas preventivas contra los virus, etc. Y a enfatizar que todo esto se ve desafiado por un cambio climático al que le prestamos menos atención de la debida.

Navegar por este futuro en el que difícilmente se pueden predecir las consecuencias de lo que hacemos y de lo que no hacemos, debe hacernos reflexionar sobre las mejores maneras de disminuir los riesgos ante un colapso socio-ambiental y ponerse a ello. Imaginar cómo podría impactar en nuestra vida laboral, afectiva y social una nutrición deficiente, las diversas enfermedades emergentes o un nivel de ecoansiedad mayor, podría estimular a la humanidad, a los gobiernos y a las instituciones internacionales a preservar y cuidar la naturaleza, a conservar la diversidad, a respetar los recursos o a colaborar en la construcción de nuevos futuros. El camino y los objetivos están claros desde la ciencia y desde buena parte de la sociedad. Toca arremangarse, especialmente en el furgón de cola de la política y del sector privado. Precisamente quienes tienen mayor capacidad para cambiar las cosas rápidamente.

Estamos, literal y figuradamente con el agua al cuello. Sabemos cómo resolver los problemas que nos aquejan pero no terminamos de hacer caso a la ciencia. Seis de los siete actores necesarios para cambiarlo todo, están activados. Pero aún no cambiamos de rumbo. Llevamos décadas sin apenas responder a las advertencias de la ciencia del clima, de la ecología o de la física. Décadas de ignorar que hemos reventado seis de los nueve límites planetarios que no nunca deberíamos haber trasgredido para tener cabida en el planeta. Por todo ello hemos entrado en la era de las consecuencias. Un ejemplo claro es la crisis climática, que puede entenderse como una consecuencia de la globalización. Otro ejemplo son las pandemias, muchas de las cuales, como la Covid-19, pueden entenderse como una consecuencia de la degradación ambiental y la pérdida de biodiversidad. De todo ello y más hablamos hoy con nuestra invitada, ASTRID WAGNER científica del Instituto de Filosofía del CSIC en Madrid
Los humanos estamos divididos entre lo que la razón y el juicio moral dicen que debemos hacer y, por otro lado, lo que la emoción pura y los instintos más bajos nos hacen hacer sobre todo en circunstancias estresantes. Estas ideas sugieren que no somos observadores racionales de nuestro propio comportamiento y que no estamos al volante de los cambios necesarios, sino atrapados. Al menos en parte. Salir de esta situación exige modestia, pero también valentía para seguir intentando responder.
Hace tiempo que la ciencia pasó de la investigación a la advertencia. Para muchos ha llegado el tiempo de que la ciencia pase de la advertencia a la acción.

La luz es un recurso imprescindible para la vida en la Tierra. No en vano la fotosíntesis de las plantas, algas y algunas bacterias aprovecha la radiación solar para alimentarse y alimentarnos a todos los demás habitantes del planeta. Sin embargo, la proliferación de asentamientos humanos y el deseo de ver bien y de ampliar las horas de luz han generado la producción en exceso de fotones (las unidades cuánticas que componen la luz). Unos fotones descontrolados que generan una forma de contaminación en la que habitualmente no pensamos: la contaminación lumínica. Por contaminación lumínica entendemos el uso excesivo y deficiente de la luz artificial en exteriores. Este exceso de luz perturba los patrones naturales de la vida silvestre, contribuye al aumento del dióxido de carbono en la atmósfera al consumir energía extra, provoca alteraciones del sueño del propio ser humano y dificulta la observación de estrellas, planetas y galaxias que, como sabemos bien, requieren un cielo bien oscuro y sin esos fotones intrusos. Evaluar las luces exteriores de nuestras casas o lugares de trabajo y cambiar su diseño para que no deslumbren y que no emitan luz innecesaria al cielo permitirá ahorrar energía, alterar menos los ciclos naturales de animales, plantas y del propio ser humano, y respetar el cielo oscuro. Todos podemos ayudar a contrarrestar esta forma de contaminación. Apoyemos la actualización de las luces en nuestro barrio o en la zona donde vivimos y hagamos propuestas para mejorar la iluminación. Cambiando el discurso, ya que ahora se trata no tanto de que haya más luz sino de que haya la justa, ni más ni menos. Y que no apunte a nuestros ojos ni al cielo del que tanto tenemos aún que aprender.

Nadie tiene ya la más mínima duda de que el ser humano impacta el medio ambiente con sus cientos o miles de actividades cotidianas. En este análisis ponemos el foco en las actividades industriales o en las más masivas, como el transporte diario. Se nos suelen quedar en el tintero algunas actividades de tiempo libre o que solo algunos profesionales realizan de manera intensa. Sería el caso de los deportes. Está claro que son sanos, pero, ¿son sostenibles?

El deporte en general cuenta con una gran valoración social, pero pocas veces revisamos la otra cara de la moneda, su huella ambiental. De hecho, no hay deporte que no impacte el medio ambiente de una forma u otra, pero mientras que el impacto de correr por una pista de atletismo es muy modesto, no puede decirse lo mismo de otros deportes como la Formula 1, el esquí o el golf.
Por ejemplo, cada coche de Fórmula 1 contamina más o menos lo mismo que un camión o un vehículo industrial en términos de emisiones de gases de efecto invernadero. La fórmula 1 en su conjunto emite más de 300.000 toneladas de CO2 al año, aunque solo la mitad procede de los vehículos que compiten ya que la otra mitad corresponde al traslado de todo el material de un circuito a otro. Cada equipo en el circuito recorre unos 160 mil kilómetros anuales entre las carreras y las sesiones de prueba.

La huella es de tal calibre que para 2026 los organizadores obligarán a usar combustible ecológico, un combustible sintético que no emplea petróleo ni sus derivados. Esto aliviaría un poco uno de estos dos problemas. Pero hay más. Solo los neumáticos que se emplean en los entrenamientos y en las competiciones suponen un grave problema de contaminación. En cada temporada se consumen 60,000 neumáticos de grandes dimensiones, neumáticos que solo duran unos 100 km (y cada carrera supone unos 300 kms). Para lograr agarre a gran velocidad y poder frenar y acelerar con rapidez estos neumáticos se desgastan enseguida, liberando grandes cantidades de partículas finas de caucho y goma que acaban dispersas en una gran extensión. Las de menor diámetro permanecen suspendidas durante días pudiendo viajar a largas distancias. Por si todo esto fuera poco, hay que añadir la contaminación acústica ya que el estruendo de estos coches se escucha a kilómetros de distancia.

Otro ejemplo es el esquí, en especial el esquí alpino o de descenso, que a diferencia de otras modalidades como el esquí de travesía o el esquí nórdico, requiere de grandes infraestructuras como remontes y telesillas, asi como edificios y toda una variedad de vehículos y equipos. Todo esto se concentra en las zonas más altas de las montañas de Europa y América, lugares que son de por sí muy sensibles al impacto humano.
Ahora sabemos que muchas de estas instalaciones van quedando obsoletas a medida que el cambio climático va elevando la cota de nieve en todo el planeta. De hecho, el cambio climático está poniendo en jaque los mismísimos juegos de invierno. De mantenerse las emisiones globales actuales, a finales de siglo solo quedaría una ciudad fiable para ser sede. Y son 21 las ciudades que van optando alternativamente a organizar los juegos.
Ante esta situación no cabe plantear nuevas estaciones de esquí en nuestras montañas. Su altitud no es suficiente y el impacto ambiental no se puede justificar por ninguna razón económica o social, ya que es un caso claro de “pan para hoy y hambre para mañana,” Los propios atletas desean que el mundo del deporte sea una fuerza poderosa para inspirar y acelerar la acción climática.

Un tercer ejemplo de deporte poco sostenible es el golf. Hablar de golf es hablar de un uso intensivo de agua. Este deporte se originó en las verdes praderas del Reino Unido, pero se practica hoy en día en todo el mundo incluyendo zonas secas e incluso desiertos. Está asociado a personas con un elevado poder adquisitivo y a un turismo de lujo por lo que las presiones económicas son incluso mayores que las que llevan a instalar estaciones de esquí en lugares donde pronto apenas quedará nieve suficiente. Hablar de golf es hablar también de consumo de territorio, de urbanización del medio rural y natural, de pérdida de conectores biológicos entre espacios naturales o entre rincones de alto valor ecológico, de contaminación de acuíferos, de alteración del paisaje, de presión humana, de incremento del tráfico, del ruido, de la contaminación lumínica y de un largo etcétera. Una larga colección de problemas ambientales para un deporte minoritario.

Así pues, no todos los deportes tienen igual cabida en un mundo limitado y afectado más que nunca por las actividades humanas. Veamos de reducir los impactos de los deportes más insostenibles y consideremos seriamente buscar otras alternativas para ejercitarnos y competir.

El año 2023 ha supuesto un absoluto récord de temperatura que ni la ciencia del clima fue capaz de anticipar completamente. ¿Podemos decir que hemos superado el limite de seguridad de un grado y medio de calentamiento respecto a la era preindustrial? Como suele ocurrir en ciencia, la respuesta no es tan sencilla. Conviene entender y actuar. Aunque aún hay margen, la ventana se cierra. Estamos jugando con fuego.

Datos extraídos de Berkeley Earth

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