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5 MINUTOS CON: La gestión emocional de la crisis ambiental

Enfrentarse a un mundo diferente, en el que la limitación de recursos y el cambio climático amenazan nuestro modo de vida, no es fácil.
21 de noviembre de 2023
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Enfrentarse a un mundo diferente, en el que la limitación de recursos y el cambio climático amenazan nuestro modo de vida, no es fácil. Algunos escenarios de calentamiento y degradación ambiental que plantean los científicos dan auténtico miedo o cuando menos generan una profunda inquietud. Por ello, muchas personas en todo el mundo muestran cuadros emocionales negativos que se engloban bajo el término de ecoansiedad. La ecoansiedad ocurre, precisamente, ahora, en un escenario de crisis, que es cuando necesitamos que salga lo mejor de cada uno de nosotros.

La Asociación Americana de Psicología describe la ecoansiedad como “el temor crónico a sufrir un cataclismo ambiental que se produce al observar el impacto aparentemente irrevocable del cambio climático y la preocupación asociada por el futuro de uno mismo y de las próximas generaciones”. La ecoansiedad como problema psicológico lleva apenas unos cinco años en la agenda científica y no hay datos precisos acerca de la cantidad de población que la sufre. Pero a medida que los problemas relacionados con el clima y la degradación ambiental crecen, también aumenta el número de personas que experimentan ecoansiedad. Los síntomas de la ecoansiedad incluyen: preocupación intensa, sensación de impotencia y fatalismo, ansiedad general, insomnio o pesadillas, ataques de pánico y sentimientos frecuentes de estrés, tristeza, pérdida, culpa, desesperación e irritabilidad, junto con una complicada reacción de duelo ante el menoscabo y la destrucción del medio ambiente.

En la última reunión en Davós (Suiza) del Foro Económico Mundial, los principales inversores del mundo hablaban de policrisis y confesaban un estado de auténtica ecoansiedad debida a las perspectivas globales derivadas del cambio climático. Científicos y expertos en clima, ecología y contaminación de todo el mundo han expresado en repetidas ocasiones una somatización de los problemas ambientales, algo que se manifiesta en todo un abanico de anomalías que van desde el estrés hasta problemas digestivos o cutáneos. Resulta evidente que la ecoansiedad no es algo exclusivo de los más jóvenes, aunque entre ellos suele alcanzar cotas muy profundas.

Cabe establecer un gradiente de cuatro fases en la interiorización de la preocupación ambiental. La fase más ligera es la del estrés, seguida por la ansiedad. En casos más severos se llega a la depresión e incluso al suicidio, algo que no solo es dramático, sino que se está haciendo cada vez más frecuente, especialmente entre los jóvenes.

Hay una emoción, la del ecoenfado, que, en general, permite canalizar la ira o la rabia hacia acciones de protesta o al menos hacia iniciativas para mejorar y cambiar las cosas. Por ello, el ecoenfado no suele derivar en problemas psicológicos graves para el individuo. Como es lógico, todos estos trastornos individuales generan una amplia cascada de efectos sociales y laborales que suelen empeorar la situación emocional y que desde luego no ayudan a poner soluciones ni a la crisis ambiental ni a la crisis emocional.

La ecoansiedad está muy ligada al concepto de solastalgia, entendida como el conjunto de trastornos psicológicos que se producen en un individuo o una población tras cambios destructivos en su territorio. La solastalgia afecta a personas que ya han padecido las consecuencias de un desastre natural y que, como revelan diversos estudios, tienen por ello entorno a un 4 % más de posibilidades de padecer una enfermedad mental y de sufrir cuadros de estrés postraumático o depresión.

Los efectos de la ecoansiedad pueden abordarse buscando la parte positiva ante las circunstancias, trabajando la regulación emocional de los impulsos propios y desarrollando resiliencia para afrontar adversidades. Es clave pasar a alguna forma de acción, empezando por conocer los problemas ambientales, y por concienciarse y concienciar a los demás. Un cierto grado de activismo libera tensiones y nos hace ganar confianza. Algo importante entre las soluciones está revisar nuestro modo de vida, buscando la sostenibilidad ambiental de nuestras actividades. Reducir el consumo, reciclar, hacer una vida sana, con una dieta saludable y apostando por la movilidad, recoger basura y un largo etcétera que la mayoría conocemos bien. Ante la ecoansiedad hay que pasar a la acción.

Fernando Valladares
valladares.info
Doctor en biología, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y profesor asociado en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Director del proyecto "La Salud de la Humanidad"

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