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5 MINUTOS CON... El lado oscuro de los cruceros

Un placer y un lujo que tiene una cara muy poco amigable cuando pensamos lo que implica hacer realidad ese sueño a escala industrial y global...
2 de junio de 2023
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Recorrer mares y océanos sobre la cubierta de un gran barco ha sido y es el sueño de miles de personas. Un placer y un lujo que tiene una cara muy poco amigable cuando pensamos lo que implica hacer realidad ese sueño a escala industrial y global.

Los cruceros son una actividad al alza. En los últimos seis años antes de la pandemia de la COVID-19 el número de pasajeros se duplicó, sobrepasando en la actualidad el medio millón al año. Esto ha sido posible por la capacidad cada vez mayor de cruceros cada vez más grandes, la disponibilidad creciente de puertos especialmente acondicionados para estos grandes barcos, las nuevas tecnologías y las actividades turísticas a bordo y en tierra orientadas a satisfacer la creciente demanda de los consumidores.

Los números que rodean los cruceros son mareantes: las emisiones diarias de gases de efecto invernadero de un crucero grande equivale a las de 12.000 coches, la potencia eléctrica para abastecer uno de estos barcos cuando está amarrado en un puerto es mayor de la necesaria para abastecer 2000 viviendas. Los costes en salud son, como los propios cruceros, astronómicos: un reciente estudio ha valorado que las emisiones contaminantes de los cruceros a la atmósfera tienen un coste sanitario potencial de más de 56 millones de euros. A pesar de que los cruceros representan un pequeño porcentaje de la industria mundial de transporte marítimo, se estima que son responsables de alrededor de la cuarta parte de todos los residuos del sector.

Sin embargo, los cruceros grandes tienen un atractivo irresistible para inversores y empresas. La tentación de atraer las grandes sumas de dinero que los miles de viajeros parecen traer consigo obligan a ampliaciones y obras en los puertos convencionales. Muchas de estas obras, como las que se planean en la ciudad de Valencia tienen una intensa contestación social. La ampliación de un puerto para dar cabida a estos barcos gigantes desnaturaliza la esencia del puerto, del paisaje urbano y, por supuesto, los ecosistemas marinos y costeros de la zona. El puerto ampliado de Valencia amenazaría mas aún las playas al alterar la dinámica de arenas y sedimentos, y la automatización de los servicios dejaría a 500 trabajadores en la calle.

Si alguien cree que estos cruceros traen riqueza a los puertos que visitan basta recordar que la visita a la ciudad dura en promedio entre 3 y 5 horas y que cada pasajero se deja entre 0 y 15 euros, para cambiar de idea. Se trata de un turismo masificado que colapsa los servicios sin dejar muchos ingresos netos en las localidades que lo acogen. La rentabilidad para la compañía naviera o para la agencia de viajes solo es posible porque todos los gastos ambientales y sanitarios indirectos son cubiertos por las ciudades y países que visitan.

En el fondo y dada la naturaleza global del cambio climático, de la contaminación de los mares y de la llamada salud planetaria, esos gastos de los cruceros que no abonan viajeros ni empresas los pagamos todos. Si estos gastos que se conocen como “externalidades” se repercutieran en el precio del pasaje, muy pocos viajeros podrían costeárselo y los grandes cruceros serían deficitarios antes de salir del puerto.

Hablamos de cruceros que transportan más de 6000 pasajeros y cuentan con una tripulación de más de 2000 personas. Cuando llegan a un puerto necesitan grandes cantidades de agua, alimentos y medicinas, y dejan grandes cantidades de basura, una tonelada diaria los medianos y más de dos toneladas de desperdicios al día los grandes.

En lugares turísticos como Palma de Mallorca se están tomando medidas para frenarlos. La ciudad solo podrá recibir un máximo de tres cruceros al día, solo uno de ellos podrá ser un megacrucero y no se podrán superar los 8.500 cruceristas por jornada. Este tipo de medidas despierta polémica con partidos políticos considerándolas insuficientes para respetar el medio ambiente y a los residentes y con otros partidos hablando de «turismofobia». Aún con estas medidas, solo en el mes de octubre de 2022 visitaron la isla 84 grandes cruceros y en ese año y hasta ese mes, los cruceros habían vertido en la ciudad unas 38.500 toneladas de CO₂, 890 toneladas de dióxido de nitrógeno, 635 toneladas de óxido de azufre y 74 toneladas de micropartículas. Es el humo negro que reconocen muy bien los habitantes de esta ciudad del Mediterráneo. La polémica crece cuando a estos números se le enfrentan las cifras que esgrimen quienes los defienden. Según ellos, el turismo de cruceros aporta anualmente más de 500 millones de euros a las Islas Baleares y genera más de 4.000 puestos de trabajo. Olvidan incluir en la valoración económica los apartados de costes y enfermedades para residentes y trabajadores de los puertos, y pérdida de capital humano y natural.

Los cruceros son un clarísimo ejemplo de lo que se llama “economía de escala.” Hacer barcos tan grandes permite abaratar costes y hacerlos asequibles a mucha gente. Pero no caigamos en la trampa de creer que esa “sostenibilidad económica” de los grandes cruceros lleva consigo una sostenibilidad ambiental. Al contrario, su tamaño los hace poco compatibles con la conservación de la naturaleza marina y costera, y con la salud física y psíquica de los residentes. Paradójicamente, los grandes cruceros alteran la vida, el funcionamiento y hasta el diseño de las mismísimas ciudades y lugares que los pasajeros ambicionan conocer.

Fernando Valladares
valladares.info
Doctor en biología, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y profesor asociado en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Director del proyecto "La Salud de la Humanidad"

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